El edadismo en sanidad se refiere a la discriminación o prejuicio que sufre una persona basándose únicamente en su edad, especialmente cuando se aplica a pacientes mayores en la atención médica. Este fenómeno tiene profundas implicaciones en la calidad, el acceso y la equidad de los servicios sanitarios.
En la fría lógica de muchos protocolos sanitarios, existe una línea invisible que, una vez cruzada, cambia el estándar de cuidado que recibes. Es la línea de la edad, y determina quién es «apto» para los screening preventivos y quién queda excluido. Este es el edadismo aplicado a los programas de detección precoz: una discriminación sistémica que usa la fecha de nacimiento como criterio médico.
La realidad se repite en consultas de toda la geografía española. Personas perfectamente autónomas y con una esperanza de vida de más de una década reciben la misma respuesta: «Ya no entra en el programa de cribado». Sucede con la mamografía a partir de los 69 años, con el test de sangre oculta en heces alrededor de los 70, con el PSA para cáncer de próstata en varones mayores. La edad se convierte en un cortafuegos administrativo que separa la medicina preventiva de la paliativa.
Lo paradójico es que esta práctica contradice la evidencia científica más elemental. La medicina sabe desde hace tiempo que la edad cronológica es un pésimo predictor del estado de salud individual. Dos personas de 75 años pueden tener biologías completamente diferentes: una puede ser frágil y con múltiples patologías, mientras otra mantiene una vitalidad que le promete muchos años de vida saludable. Sin embargo, el sistema las agrupa en la misma categoría de mayores, y, por tanto, fuera del radar preventivo.
Este enfoque conlleva un coste humano invisible. Tumores que podrían detectarse en etapas tempranas y tratarse con menor agresividad progresan silenciosamente. Cuando finalmente dan la cara, las opciones terapéuticas son más limitadas y el pronóstico, más sombrío. Lo que comienza como un ahorro teórico en screening termina convertido en un gasto mayor en tratamientos complejos y, lo que es más importante, en sufrimiento evitable.
El argumento de la esperanza de vida resulta particularmente engañoso. Se utiliza para justificar exclusiones masivas, cuando en realidad debería servir para individualizar decisiones. Una mujer de 78 años con buena salud tiene una esperanza de vida superior a diez años, tiempo más que suficiente para que un cáncer de mama detectado a tiempo altere radicalmente su trayectoria vital. Negarle el acceso a una mamografía por su edad no es una decisión clínica basada en su realidad biológica, sino un prejuicio administrativo.
‘El edadismo no es solo una cuestión de trato; tiene impactos directos y negativos en la salud’
La solución no consiste en hacer screening a todo el mundo indiscriminadamente, sino en sustituir el criterio de la edad por una valoración individualizada. La fragilidad, las comorbilidades, el estado funcional y, sobre todo, las preferencias del paciente deberían guiar estas decisiones. Pero para eso hace falta tiempo, recursos y, lo más difícil, un cambio cultural que deje de ver el envejecimiento como una enfermedad y lo entienda como una etapa más de la vida.
El edadismo en la asistencia sanitaria se manifiesta cuando un profesional sanitario, consciente o inconscientemente, asume que ciertos síntomas o dolencias son simplemente una consecuencia normal del envejecimiento y no una patología tratable. Por ejemplo, es muy común atribuir la fatiga, el dolor o la depresión a la edad en lugar de investigar cuáles son las causas específicas. En cardiología, esto puede traducirse en una menor agresividad a la hora de indicar procedimientos invasivos (como un cateterismo o una cirugía) en personas mayores, incluso cuando se beneficiarían. Por otra parte, el uso de un lenguaje condescendiente o el trato infantilizado («abuelito/a») y el tuteo ignoran la autonomía y la dignidad del paciente, que se siente degradado.
Desde el punto de vista Institucional, el edadismo se refleja en las políticas y la distribución de recursos sanitarios. Históricamente, las personas mayores han sido excluidas de muchos ensayos clínicos, lo que resulta en una falta de evidencia científica sobre la eficacia y seguridad de los tratamientos en este grupo de edad. También se tiende a ofrecer menos tecnología o tratamientos avanzados a pacientes mayores, asumiendo que tienen una menor esperanza de vida o una menor calidad de vida tras el tratamiento.
Pero el edadismo no es solo una cuestión de trato; tiene impactos directos y negativos en la salud. Al desestimar los síntomas, entendiendo que son del envejecimiento, se retrasa el diagnóstico de enfermedades graves, como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares o la depresión. Se administran dosis inferiores a las necesarias o se descartan tratamientos altamente costosos, aunque efectivos (como la quimioterapia o ciertos procedimientos quirúrgicos) basándose en una evaluación superficial de la edad cronológica, en lugar de la edad biológica o funcional. También, la falta de una intervención oportuna y completa conlleva una mayor morbilidad, una peor recuperación funcional y, en última instancia, un peor pronóstico de vida. La atención se centra a menudo en la edad del paciente, sin considerar el estado funcional, social o cognitivo del mismo, que son pilares de la salud en la vejez.
Combatir este sesgo es esencial, especialmente en un país con una población cada vez más longeva como España. Es necesaria una atención centrada en la persona, no en la edad cronológica, y promover la valoración geriátrica integral. Esta herramienta evalúa no solo las enfermedades del paciente, sino también su estado funcional, su estado cognitivo, y su situación social y familiar. Esto permite tomar decisiones de tratamiento basadas en la fragilidad y la reserva funcional, no en la edad cronológica.
Para destruir este estigma edadista sería necesario, no solo Incluir la Geriatría, la Gerontología como materias obligatorias en todas las carreras sanitarias como Medicina, Enfermería, Psicología, sino también la sensibilización contra el edadismo etc. Financiar y priorizar la investigación clínica con participación de personas mayores para generar evidencia que respalde tratamientos y guías clínicas específicas para este grupo de edad. Erradicar el uso de estereotipos y el lenguaje condescendiente, fomentando un trato que reconozca la experiencia y autonomía del paciente, independientemente de su edad.
En definitiva, superar el edadismo requiere un cambio de paradigma: pasar de la idea de que la edad es una barrera para el tratamiento a reconocer que la vejez es una etapa que requiere una atención sanitaria más compleja, integral y, sobre todo, justa. Mientras tanto, seguiremos escuchando esas frases que resumen todo el problema: «Con la edad que usted tiene, ya no merece la pena». Detrás de ellas hay personas que merecen algo mejor que un calendario que decide por ellas cuándo su salud deja de importar.





