La confianza, bien entendida, es un elemento vertebrador fundamental tanto en las relaciones interpersonales como en el funcionamiento de organizaciones y la cohesión de la sociedad en su conjunto. Actúa como el cemento o lubricante social que facilita la cooperación, reduce el desgaste en las interacciones y permite la previsibilidad del comportamiento ajeno, y añadiría también el propio (autoconfianza). Según Stephen Covey hijo, existen cuatro pilares en los que se asienta la generación de confianza: la integridad, la intención, la capacidad y la obtención de resultados.

Convendrán conmigo que vivimos en una época en la que prima la sensación de desconfianza. Esta percepción inunda nuestro día a día, y podríamos enunciar múltiples ejemplos para ilustrar que el aserto con que se inició este párrafo es una verdad solapada. Permítanme enfocar en el ámbito sanitario como ejemplo de que esta verdad solapada es, si cabe, uno de los paradigmas de nuestros tiempos bañados en recelo y escepticismo. Desde mi punto de vista, lo peor de las verdades solapadas es que encubren una situación real bajo una apariencia falsa, a menudo para evitar consecuencias o lograr beneficios personales o de grupos de interés concretos.

Para ayudarnos a analizar y mejorar esta situación de desconfianza, amparada en ciertas verdades solapadas en el sector salud español (extensible en algunos aspectos al europeo), les propongo utilizar los cuatro pilares del Sr. Covey:

Integridad. Íntimamente relacionada con ser congruente y poseer el coraje para actuar según tus valores o creencias. En España, y en la mayor parte de países europeos, existe un “contrato social” bastante explícito: cobertura amplia, universalidad y equidad como norma. Eso da una base de “presunta” confianza estructural. Sin embargo, nos encontramos con tensiones al hilo de una gobernanza muy descentralizada (17 servicios autonómicos con diferencias en cartera real, tiempos de acceso, inversión y dotaciones, etc.) y eso se percibe como “no es el mismo sistema según dónde vivas”. Además, podemos añadir el debate recurrente sobre colaboración público-privada y concesiones; se percibe que incentiva el lucro por encima del interés general, por lo que la integridad del sistema se pone en cuestión. ¿Son estos algunos ejemplos de verdades solapadas?

Para mejorar en integridad lo ideal sería facilitar la transparencia homogénea y comparable entre CCAA. En resumen, mismas métricas, misma trazabilidad, mismas exigencias y, sobre todo, realizar una evaluación independiente y pública de los diferentes modelos de gestión (también cuando se externaliza).

Intención. Hablamos de motivaciones, de las prioridades y de la conducta. Genera confianza quien busca el mutuo beneficio. La élite se jacta de que la intención, tácita e implícitamente, emana del contrato social, y es clara y homogéneamente entendida (proteger la salud y reducir desigualdades). Sin embargo, la intención percibida por la ciudadanía, lo que realmente “se nota”, es lo que debiera importar. Por ejemplo, cuando el acceso se retrasa, la intención se interpreta como “me siento excluido”, “mal atendido” o incluso “me empujan a pagar en al ámbito privado”. Eso no significa que el sistema no funcione; pero sí que la experiencia de algunos pacientes se ve afectada y eso genera desconfianza. Qué implicaría “subir en intención”, por ejemplo, reforzar decisiones que hagan visible el mutuo beneficio: prevención, cronicidad, salud mental, dependencia y continuidad asistencial (menos parches y más trayectoria de cuidados), y siempre contando con la opinión del ciudadano-paciente.

Capacidad. Las capacidades son los talentos, las actitudes, los conocimientos, incluso el estilo. Ello afecta obviamente a las personas, al uso que hacen éstas de la tecnología, y a la organización para cumplir la promesa o intención, quizá uno de los grandes cuellos de botella del sistema español (y europeo). La UE reconoce una crisis de fuerza laboral sanitaria: en el “Health at a Glance: Europe 2024” se estima un déficit agregado de unos 1,2 millones de médicos, enfermeras y matronas (2022), con burnout y dificultades de fidelización. ¿Se trata solo de un déficit numérico o de una mejorable gestión del talento? Esto conecta con España, donde la alta presión asistencial y los puestos de difícil cobertura son una realidad (ya aparecen medidas de incentivos en reformas europeas comparadas), así como el intento de rediseño de roles (enfermería de práctica avanzada, farmacéuticos clínicos, gestores de casos, etc.). ¿Acaso es esto otra verdad solapada?

Respecto a la capacidad digital e interoperabilidad, una de las mayores oportunidades de mejora, basta recordar que el “European Health Data Space” (EHDS) ya está en vigor desde el 26 de marzo de 2025. Esto puede ser un acelerador de capacidad si España lo usa para mejorar la continuidad asistencial real entre CCAA, evitar las duplicidades diagnósticas y mejorar la planificación-organización. ¿De veras alguien piensa que ello puede llegar a ser otra verdad solapada?

Obtención de resultados.  Cuando hablamos de resultados hablamos de rendimiento, de conseguir hacer y hacer sentir. No sólo el ciudadano percibe o siente (acceso, esperas, calidad, desenlaces, etc.), también lo hacen los profesionales del sector salud. Tradicionalmente se ha intentado medir la actividad, la eficiencia y el acceso; todo eminentemente relacionado con el hacer. Como ya se ha comentado, el acceso vinculado a los tiempos de espera es lo que más impacta en la confianza. Aquí se produce el fenómeno “Covey” de forma clara: aunque haya buena intención e incluso buena integridad normativa, si el resultado cotidiano percibido es demora, la confianza cae.

Del lado de los profesionales, podremos empezar a valorar el desempeño en términos de resultados en salud y no casi exclusivamente por actividad-productividad. Algunos siguen pensando que es una quimera vincular parte del presupuesto con resultados tales como mejoría funcional, calidad de vida, PROMs-PREMs, complicaciones, reingresos, continuidad, etc., y no solo actividad. ¿Generará esto una mayor confianza interna y externa en los profesionales? o, por el contrario, ¿corremos el riesgo de que se convierta en un supuesto solapado?

La gran mayoría de las preguntas vertidas en este artículo no tienen una única respuesta ni han pretendido ser dogmáticas; tan solo pueden ayudar a la toma de conciencia y a la necesidad imperiosa de ejecutar cambios. Por último, recordemos que otro de los agentes generadores de confianza es la ejemplaridad. La responsabilidad del ejemplo concierne a todos por igual, porque vivimos en una red de influencias mutuas, todos somos ejemplares para todos. Como decía Confucio: “La persona ejemplar es aquella que sigue intentándolo, aunque sabe que es en vano (o no)”.