La antropóloga Margaret Mead, cuando se le preguntó por el primer signo de civilización en la historia humana, no respondió con una herramienta, ni con un arma, ni con un rito funerario. Respondió con un fémur curado. Un hueso fracturado que alguien se tomó el tiempo de inmovilizar, de proteger, de cuidar hasta que sanara. Un acto que implica que alguien se quedó junto a otro para que no muriera. Que alguien antepuso la vida ajena a su propia comodidad. Que alguien, en un gesto que detenía la historia, decidió que la vida del otro valía la pena ser salvada.

Ese primer médico sin título, sin hospital y sin estatuto marco es la semilla de toda la medicina que ha llegado hasta nuestros días. Una medicina que hoy, en España, se encuentra en uno de sus momentos más difíciles. Una medicina ejercida por hombres y mujeres extraordinarios que, tras años de formación, vocación y entrega, se ven obligados a salir a la calle para reivindicar lo que cualquier trabajador de este país debería dar por garantizado: unas condiciones laborales dignas.

La vocación más larga del mundo

Con la actual nota de corte para acceder a al grado de Medicina, se puede afirmar hoy más que nunca que “médico se nace, no se hace”. Porque prácticamente desde primero de primaria debes tener un expediente académico sencillamente excelente, ni un mínimo descuido se pueden permitir quienes acceden a la prueba de acceso a la universidad con la idea de incorporarse en una facultad de medicina. Cierto es que esto ha llevado a que grandes vocaciones a la medicina se queden en el camino, quizás en un futuro cercano tengamos que reflexionar sobre esta circunstancia.

Pocos profesionales en el mundo recorren un camino tan largo y exigente antes de ejercer plenamente su labor. Seis años de carrera universitaria, un duro examen de acceso a la formación especializada —el MIR— y otros tres a cinco años de residencia: más de una década de preparación intensa antes de poder llamarse especialista. Y todo ese tiempo exige no solo inteligencia y capacidad de trabajo, sino una vocación genuina, una disposición interior hacia el otro que no se aprende en ningún aula.

Esta dimensión vocacional es inseparable de la medicina. No se puede ser buen médico sin querer serlo profundamente. No se puede diagnosticar con acierto a alguien a quien no se mira. No se puede acompañar en el dolor a quien se convierte en un número de historia clínica. El médico no es, ni puede ser, un técnico de mantenimiento biológico. Es, en el sentido más pleno del término, un ser al servicio de otro ser. En mi libro UBUNTU. Estrategias y acciones de Salud Planetaria, defiendo que la medicina es, por definición, un acto humanista: cuidar la salud de las personas en todas sus dimensiones —biológica, social, emocional, cognitiva y espiritual— es el horizonte hacia el que apunta una gestión sanitaria verdaderamente humana.

En este sentido, el médico es portador de algo más que conocimientos. Es portador de una de las tradiciones más antiguas de la humanidad: la tradición del cuidado. Una tradición que trasciende culturas, épocas y sistemas políticos. Que se ha expresado en los hospitales medievales, en las misiones de médicos sin fronteras, en los centros de salud en la Amazonía y en las UCI de los grandes hospitales universitarios. Siempre con el mismo propósito: que el otro viva mejor, sufra menos, recupere su dignidad.

Lo que los médicos exigen hoy: razón y justicia

En los últimos meses, y especialmente durante lo que llevamos de 2026, los médicos españoles han protagonizado una de las movilizaciones más contundentes de su historia reciente. La Confederación Española de Sindicatos Médicos (CESM) y otras seis organizaciones sindicales han convocado semanas de huelga de forma mensual hasta junio, exigiendo al Ministerio de Sanidad lo que consideran un reconocimiento mínimo e imprescindible: un estatuto propio que regule las particularidades de su profesión.

¿Qué piden exactamente? Sus demandas son, si me lo permiten en mi doble condición de gestor sanitario y experto en prevención de riesgos laborales, absolutamente razonables:

· Una clasificación profesional singular, con categoría A1, que reconozca el nivel formativo real de especialistas médicos (MECES III) diferenciado del resto del personal sanitario.
· Una jornada máxima de 35 horas semanales en turno de mañana en días laborables, con voluntariedad del exceso de jornada.
· La regulación justa de las guardias, que hoy alcanzan 24 horas consecutivas sin una retribución adecuada ni un reconocimiento como tiempo extraordinario.
· Un sistema de jubilación anticipada voluntaria, con reconocimiento de la medicina como profesión penosa o de riesgo y el cómputo íntegro del tiempo de guardia.
· La prohibición de la movilidad forzosa y el mantenimiento del régimen de compatibilidades entre sistema público y privado, para evitar el éxodo de capital humano.

1Según CESM, convocantes de la huelga.

El seguimiento de las huelgas ha sido importante: entre el 80 y el 90%1 de los médicos participaron activamente en los paros de diciembre de 2025, y las movilizaciones de 2026 han llenado las calles de ciudades como Madrid y Murcia con miles de personas. Estos datos no son el capricho de un colectivo privilegiado. Son el grito de una profesión que lleva décadas siendo ninguneada.

Veinte años de deuda pendiente

El Estatuto Marco que hoy es objeto del conflicto es una norma que data de 2003. Hace más de veinte años que las condiciones laborales del personal sanitario no se han actualizado de forma sustantiva. Veinte años en los que la medicina ha cambiado radicalmente —en tecnología, en complejidad clínica, en demanda asistencial, en patrones demográficos— mientras el marco laboral permanecía congelado.

El resultado es que el sistema sanitario español enfrenta hoy un déficit de 5.874 médicos especialistas, con una escasez particularmente aguda en atención primaria, donde en la última convocatoria MIR quedaron 246 plazas sin cubrir. Y en la misma convocatoria de 2026, más de 8.300 médicos no pudieron acceder a una plaza de especialización por falta de oferta. No es que no haya médicos; es que no se han generado las condiciones para que quieran quedarse.

La planificación a largo plazo, o más bien la ausencia de ella, constituye uno de los grandes escándalos silenciosos de la sanidad española. Se han abierto nuevas facultades de medicina y se han ampliado plazas universitarias sin una estrategia integral para absorber a esos profesionales en el sistema. El resultado es un desfase creciente: más egresados, más examinados, menos plazas MIR disponibles. Y, sobre todo, menos razones para quedarse. Cuando más falta hacen.

Desde 2010, más de 20.000 médicos españoles han solicitado certificados para ejercer fuera del país. España forma a sus médicos con una inversión pública estimada en 200.000 euros por profesional, y luego los exporta a Alemania, Francia, Reino Unido y otros países que les ofrecen lo que aquí se les niega: condiciones de trabajo dignas, salarios competitivos y estabilidad laboral. Como se dice con claridad en algunos análisis: «plantamos árboles para que otros recojan los frutos».

Ante esta diáspora de personal altísimamente cualificado, España se convierte en “importadora” de conocimiento proveniente principalmente de países hispanohablantes, pero no exclusivamente. Fomentando el círculo vicioso de expoliación de personal altamente cualificado de territorios del Sur Global.

El agotamiento de los que nos cuidan

Hablar de la crisis médica sin hablar del burnout es hablar de la superficie y no del fondo. Los datos que nos ofrece el estudio IKERBURN, presentado por la Organización Médica Colegial en el Senado de España, son aterradores: el 93,9% de los médicos jóvenes presenta síntomas compatibles con desgaste profesional, y más del 50% cumple criterios de burnout completo. El 79% sufre agotamiento emocional. El 84% presenta despersonalización. El 63% experimenta baja realización personal. Dos de cada tres médicos jóvenes padecen insomnio. Uno de cada cuatro ha estado de baja por agotamiento. Puedo afirmar como experto en Ergonomía y psicosociología aplicada que un sector productivo con estos datos es prácticamente insostenible. El burnout no se soluciona con una baja médica de 15 días, puede generar secuelas de por vida y dificultará muchísimo su reinserción laboral en actividad similar.

Estamos hablando de la generación que tiene que sostener el sistema sanitario del futuro. De los profesionales que dedicaron más de diez años de su vida a aprender cómo curar a otros y que ahora se descubren ellos mismos enfermos (“enfermados” diría yo) de un sistema que los consume. Las guardias de 24 horas durante la residencia son uno de los factores que más contribuyen a este síndrome. Un médico que no ha dormido, que lleva veinticuatro horas en pie, que ha gestionado emergencias vitales sin descanso, que lleva encima el peso de decisiones donde hay vidas en juego: ese médico es también una persona que merece ser protegida. ¿Te gustaría ser atendido en una situación crítica por un facultativo que lleva 20 horas trabajando?

El burnout no es solo un problema individual de salud laboral. Es un problema estructural que afecta directamente a la calidad de la atención. Un médico agotado comete más errores. Un médico despersonalizado no puede dar lo mejor de sí. Un médico que siente que el sistema lo maltrata no puede transmitir a sus pacientes la confianza y la calidez que la relación terapéutica requiere. Mejorar las condiciones del médico no es un gesto de generosidad hacia una corporación profesional; es una inversión directa en la salud de todos los ciudadanos. Incluso por burdo egoísmo, merece la pena reformular la situación en la que se está ejerciendo la medicina en nuestro país.

En UBUNTU defiendo que mejorar la experiencia del paciente sin mejorar la experiencia del profesional es una quimera, un absurdo. Son dos caras de la misma moneda. No existe una sanidad verdaderamente humana si quienes la ejercen están siendo sistemáticamente deshumanizados por sus propias condiciones de trabajo.

La política que llegó tarde (y sigue llegando tarde)

Es necesario decirlo con claridad, aunque sin dramatismo: la situación actual de la medicina española es, en buena medida, el resultado de décadas de mala planificación y de decisiones políticas que han antepuesto el corto plazo electoral al largo plazo sistémico. No es un problema de un partido ni de una ministra en particular. Es una acumulación de décadas de inercia institucional, de parches y de reformas cosméticas que han evitado la transformación real.

El borrador del nuevo Estatuto Marco tardó tres años en gestarse, se prolongó en más de 60 reuniones de negociación, y aun así no satisface las demandas del colectivo médico más representativo. El Ministerio de Sanidad defiende que limita la jornada a 45 horas semanales y reduce las guardias de 24 a 17 horas: medidas que, si bien son pasos en la dirección correcta, resultan insuficientes para quienes llevan décadas trabajando bajo condiciones inadmisibles.

Lo que resulta especialmente preocupante es la falta de visión estratégica a largo plazo. España tiene plazas MIR insuficientes para los egresados de medicina; hay un desajuste territorial entre la oferta de especialistas y las necesidades reales de la población; y la atención primaria —columna vertebral de cualquier sistema sanitario eficiente— pierde médicos a un ritmo que ningún parche a corto plazo puede compensar.

El médico como pieza fundamental del sistema

El Sistema Nacional de Salud español es, pese a todo, uno de los mejores del mundo en términos de cobertura universal y resultados en salud. Es un logro histórico y colectivo del que debemos enorgullecernos. Pero ese logro reposa, en última instancia, sobre los hombros de sus profesionales. Sin médicos, sin enfermeras, sin equipos asistenciales, el mejor edificio institucional se convierte en una estructura vacía.

El médico no es un engranaje más en una maquinaria burocrática. Es uno de los puntos clave entre el sistema y el ciudadano, condicionando totalmente, por ejemplo, el gasto sanitario. Es quien mira a los ojos al paciente, quien escucha sus síntomas y sus miedos, quien toma decisiones de forma compartida que pueden cambiar el curso de una vida. La relación médico-paciente es, en su esencia más profunda, una relación de confianza: el paciente entrega al médico lo más valioso que tiene —su cuerpo, su salud, su vulnerabilidad—, y el médico asume la responsabilidad de cuidarlo con toda su ciencia y toda su humanidad.

En términos de Salud Planetaria, el médico es también un agente de transformación social. No solo porque cure enfermedades, sino porque —cuando ejerce su profesión en toda su plenitud— actúa sobre los determinantes sociales de la salud, hace pedagogía de vida saludable, identifica situaciones de vulnerabilidad, denuncia inequidades y contribuye a construir comunidades más sanas. Un médico bien formado, bien apoyado y bien tratado por el sistema es uno de los activos más valiosos con los que cuenta una sociedad.

El médico que queremos y que merecemos

La medicina del siglo XXI exige médicos completos: científicos rigurosos y seres humanos compasivos, gestores de complejidad y compañeros de camino en la enfermedad. Médicos que conozcan las últimas evidencias clínicas y que también sepan sentarse junto a una cama y escuchar. Médicos que trabajen en red, que piensen de forma sistémica, que entiendan que la salud de su paciente está determinada tanto por la genética como por el código postal en que vive.

Las nuevas generaciones de profesionales sanitarios llevan ya integrados en su ADN los valores de la Salud Planetaria: comprenden que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar físico, mental, social y ambiental. Son profesionales que se preocupan por el planeta tanto como por el paciente, que rechazan un modelo de trabajo que destruye su propia salud, que exigen un sistema que los trate con la misma dignidad que ellos prodigan a sus enfermos.

Esos médicos están ahí. Llenan las aulas de las facultades de medicina. Aprueban el MIR con notas extraordinarias. Hacen su residencia con una entrega que asombra. Pero necesitan que el sistema esté a la altura de su vocación. Necesitan que la política sanitaria deje de ser un instrumento de corto plazo y se convierta en una estrategia de Estado. Necesitan que quienes gobiernan la sanidad entiendan de una vez por todas que el mayor activo del sistema no es la última máquina de diagnóstico adquirida ni el nuevo hospital inaugurado con fanfarria: es el médico que está al otro lado de la consulta.

Un pacto social por la salud

Ha llegado el momento de articular un pacto social por la salud en España. Un acuerdo que trascienda los ciclos electorales, que involucre a todas las comunidades autónomas, que cuente con la voz de los propios médicos y que establezca un horizonte claro y exigente para las próximas décadas.

Ese pacto debería incluir, como mínimo: una planificación plurianual de plazas MIR vinculada a las necesidades reales del sistema y no a los presupuestos coyunturales; una reforma profunda de las condiciones laborales que haga de la sanidad pública un destino atractivo para los mejores profesionales; una inversión sostenida en la atención primaria, que es donde se resuelve el 80% de los problemas de salud y que hoy agoniza por falta de recursos y de médicos; y una cultura de reconocimiento institucional que trate al médico no como un recurso a optimizar, sino como un profesional cuya dignidad y bienestar son condición de posibilidad de una sanidad de calidad.

Los médicos que hoy están en huelga no son un problema. Son parte de la solución. Son el espejo en el que el sistema sanitario —y la sociedad que lo sostiene— debe mirarse sin complacencia. Su protesta es un diagnóstico certero de una enfermedad que llevamos demasiado tiempo sin tratar. Y como en toda buena medicina, el primer paso para curar es tener el valor de hacer el diagnóstico correcto y actuar en consecuencia.

La tormenta perfecta: jubilaciones masivas sin relevo asegurado

Si la situación presente ya es grave, el horizonte inmediato resulta directamente alarmante. El Estudio sobre ‘Demografía Médica 2025’ de la Organización Médica Colegial (OMC) revela que el 36% de los médicos en activo en España tiene más de 55 años, y un 17% ya supera los 65. La edad media del colectivo supera los 50 años. Estas cifras no son abstractas: se traducen en una jubilación masiva de cerca de 70.000 profesionales en la próxima década, a un ritmo medio de 7.000 bajas anuales. En 2030, solo en ese año, se prevé la retirada de unos 11.000 médicos. La OCDE ha alertado explícitamente sobre este riesgo, advirtiendo de una inminente ola de jubilaciones sobre una plantilla muy envejecida y señalando déficits previstos en especialidades críticas como medicina de familia, geriatría, psiquiatría y radiología.

Aquel primer médico que inmovilizó un fémur fracturado hace miles de años no tenía estatuto marco. Pero tenía algo que no se puede legislar ni contratar: la convicción de que la vida del otro merece todo el esfuerzo. Honrar esa convicción, hoy, significa construir un sistema que merezca a los médicos que lo sostienen. Un sistema que cuide a quienes cuidan. Un sistema que esté, al fin, a la altura del fémur curado.