El 11 de febrero suele llenarse de campañas para visibilizar referentes femeninos en ciencia, pero la pregunta de fondo es más incómoda: ¿Qué ocurre cuando la ciencia y la organización de los cuidados siguen sin integrar realmente a las mujeres en sus datos, en sus decisiones y en sus espacios de poder?

De la anécdota al dato: un sistema incompleto

Hace unos meses comenzamos a sistematizar datos que durante años habíamos observado de forma anecdótica en el ámbito de los cuidados sanitarios. Lo que emergió al ordenar esos números fue algo más que una lista de desigualdades: el retrato de un sistema sanitario incompleto que genera daño estructural.

En enfermería, aproximadamente el 80% de las personas que trabajan son mujeres, pero solo en torno al 25% accede a puestos de liderazgo. No se trata de un déficit de mérito individual, sino de una arquitectura de poder que tiende a silenciar a quienes sostienen el cuidado cotidiano.

En el terreno de la investigación, las cifras tampoco son neutras. En España, solo alrededor del 31% del personal investigador son mujeres y, en áreas estratégicas como la informática, el porcentaje cae aproximadamente al 17%. Este fenómeno, conocido como “tubería rota”, describe la pérdida de mujeres en cada escalón de la carrera académica, con una consecuencia evidente: se pierde talento de forma sistémica y se condicionan los temas, métodos y preguntas de la propia ciencia.

Cuando la evidencia no mira a las mujeres

Estas desigualdades no se quedan en los organigramas; atraviesan la manera en que producimos y aplicamos evidencia clínica. Durante la investigación de las vacunas frente a la COVID‑19, alrededor del 80% de los efectos adversos reportados procedieron de mujeres, pero solo en torno al 4% de los estudios segregaron de forma adecuada los datos por sexo. En términos prácticos, esto se traduce en efectos no documentados, preguntas no formuladas y conclusiones que no capturan la experiencia real de la mitad de la población.

La cardiología ofrece otro ejemplo paradigmático. Buena parte de los protocolos se construyeron históricamente en torno al cuerpo masculino: el infarto “típico” se describe con dolor opresivo en el pecho, irradiado al brazo izquierdo. Sin embargo, muchas mujeres presentan cuadros diferentes —dolor en espalda, mandíbula, náuseas, fatiga intensa— que a menudo se interpretan como ansiedad, problemas digestivos u otras causas menores. El resultado ha sido un diagnóstico más tardío y un número de muertes que podrían haberse evitado si la clínica hubiera incorporado desde el inicio la diversidad de presentaciones según sexo y género.

Cuando se suman liderazgo limitado, investigación incompleta, datos invisibles y síntomas ignorados, ya no estamos ante varias brechas aisladas, sino ante un patrón estructural de infracuidado.

Docencia en enfermería y fisioterapia: el cambio empieza en el aula

Si aceptamos que la evidencia y la práctica están sesgadas, la pregunta urgente es cómo transformar la formación de quienes cuidarán en los próximos 40 años. En enfermería, fisioterapia y otras disciplinas de cuidados, la innovación docente con perspectiva de género es ya una cuestión de seguridad clínica, no solo de justicia social.

La literatura reciente apunta en la misma dirección: incorporar la dimensión de género como herramienta para la innovación docente y la excelencia investigadora no es un extra, sino una condición para producir conocimiento relevante y socialmente responsable, como señala Díaz Martínez (2024) al analizar cómo el enfoque de género permite detectar sesgos ocultos y abrir nuevas líneas de investigación e innovación.

El primer nivel de cambio son los contenidos. No basta con añadir un tema puntual sobre género en un plan de estudios; se trata de integrar la perspectiva de género en cada asignatura. En farmacología de cuidados, esto implica analizar cómo responden los cuerpos de las mujeres a los medicamentos, qué efectos secundarios específicos se observan y cómo deben ser valorados desde la enfermería. En fisioterapia, supone adaptar protocolos de rehabilitación al dolor crónico y a las necesidades funcionales de las pacientes mujeres. En enfermería clínica, exige diseñar cuidados sensibles al género que contemplen tanto diferencias biológicas como desigualdades sociales.

El segundo nivel son las metodologías. La innovación docente con enfoque de género como plantean Domene‑Benito y Mateos Blanco (2023) en los grados de educación, apunta a pedagogías que empoderan a mujeres y niñas como sujetos de conocimiento y no solo como receptoras pasivas de contenidos; este enfoque es plenamente trasladable a la formación en salud. En este sentido, la simulación clínica, herramienta clave, ha comenzado a revisarse para eliminar sesgos: maniquíes y escenarios con variabilidad real de cuerpos, edades y contextos —incluyendo mujeres mayores, mujeres embarazadas, personas trans, mujeres migrantes o pacientes con dolor menstrual severo—, pedagogías participativas que reconocen la voz de las estudiantes como conocimiento experto en cuidado, y formación específica del profesorado en género y cuidados.

El tercer nivel es la cultura institucional. Metodologías impecables no prosperan en entornos sexistas. Es necesario revisar las políticas de representación en los puestos de liderazgo académico —en muchas facultades, cerca del 80% del profesorado de enfermería son mujeres, pero apenas alrededor del 25% dirige departamentos—, la distribución de la carga docente, administrativa y de mentoría, y la disponibilidad de tiempo para investigar. Además, los espacios de aprendizaje deben ser seguros para todos los géneros y las universidades deberían avanzar hacia una posición clara: la perspectiva de género no es un complemento, es una condición de calidad y de acreditación de los programas de enfermería, fisioterapia y cuidados.

La razón para actuar ahora es muy concreta: la estudiante que inició hace tres o cuatro años un grado sin perspectiva de género se ha graduado y ejercerá durante décadas. Cada sesgo no corregido en su formación se multiplicará en miles de consultas, valoraciones y decisiones de cuidado. En cambio, una profesional formada en innovación docente que integra género practica cuidados más equitativos y rigurosos, con impacto directo en la seguridad de pacientes de todos los perfiles.

El VI Congreso ADN: género, cuidados e innovación es un laboratorio vivo de transformación

En este contexto, el VI Congreso ADN, celebrado en Salamanca el 16 de febrero, se concibió como un laboratorio vivo de lo que podría ser un modelo alternativo de producción y transmisión de conocimiento en salud. Su eje central fueron precisamente las brechas de género en cuidados sanitarios y su impacto sobre la salud de millones de mujeres.

La propuesta rompió con el formato clásico de congreso. Además de las ponencias científicas —que abordaron, entre otros temas, la equidad de género en la docencia innovadora, la simulación clínica sin sesgos y la evaluación diferencial de terapias y vacunas por sexo—, la jornada estuvo acompañada de música en directo y culminó con una performance artística diseñada como un ritual de síntesis y reflexión colectiva. El objetivo no era “amenizar” la ciencia, sino reconocer que el cambio de paradigma requiere ser comprendido y también sentido.

El encuentro se articuló alrededor de cinco objetivos: crear un espacio donde confluyeran equidad de género, cuidados inclusivos e innovación digital; fomentar liderazgos sin sesgos, visibilizando el potencial transformador del liderazgo femenino en salud; impulsar redes colaborativas entre profesionales, investigadores, pacientes expertos e instituciones; avanzar en evidencia innovadora con metodologías como la simulación clínica sin sesgos o las terapias digitales con perspectiva de género; y posicionar a Salamanca como un epicentro de transformación sanitaria orientado a la equidad.

Uno de los resultados tangibles del congreso fue la presentación del libro Cuidar en red. Una guía para las terapias digitales de cuidados con perspectiva de género, que recoge un modelo práctico para diseñar, evaluar y desplegar terapias digitales que no reproduzcan las brechas de género existentes y que sitúen los cuidados en el centro de la innovación en salud (Piñeiro Albero, 2025).

Un 11 de febrero para pasar de la inspiración a la práctica

El Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia invita a inspirar vocaciones, pero también a revisar críticamente qué ciencia estamos construyendo y a quién sirve. En el ámbito de los cuidados, las cifras sobre liderazgo, investigación y sesgos clínicos indican que aún estamos lejos de un modelo verdaderamente inclusivo.

La buena noticia es que las palancas de cambio ya se están activando: rediseñar los currículos de enfermería y fisioterapia con perspectiva de género, transformar las metodologías docentes en línea con las propuestas de innovación y pedagogías con perspectiva de género, garantizar condiciones institucionales equitativas y promover espacios de encuentro donde ciencia, arte y comunidad trabajen juntas. Cada una de estas acciones nos acerca a un sistema de salud en el que el cuerpo, la experiencia y el cuidado de las mujeres no sean un apéndice, sino parte central de la evidencia y de la toma de decisiones.

En un nuevo 11 de febrero, quizá el reto para la economía de la salud y para la gestión sanitaria no sea solo contar cuántas mujeres hacen ciencia, sino medir cuánto se reduce el daño cuando la ciencia deja, por fin, de olvidar sus cuerpos y sus vidas.

Bibliografía

  1. Díaz Martínez, C. (2024). La dimensión de género como herramienta para la innovación docente y la excelencia investigadora. Universidad de Castilla-La Mancha.
  2. Domene‑Benito, R., & Mateos Blanco, B. (2023). Innovación docente en los grados de educación: Deontología docente y pedagogías feministas para el empoderamiento de la mujer y la niña. Educación Multidisciplinar e Igualdad de Género.
  3. Piñeiro Albero, R. M. (2025). Cuidar en red: Una guía para las terapias digitales de cuidados con perspectiva de género (ISBN 9798278964650).