La cirugía de cataratas se ha consolidado como uno de los procedimientos más seguros y eficaces de la medicina actual. El doctor Juan Gros Otero, especialista en cirugía de catarata y refractiva y director médico docente de Clínica Rementería, analiza cómo la tecnología, la experiencia quirúrgica y la personalización del tratamiento han transformado la forma de abordar esta patología, cada vez más frecuente con el envejecimiento de la población.

Doctor, para quienes no le conozcan, ¿podría contarnos brevemente su trayectoria y qué le llevó a especializarse en cirugía de catarata y refractiva?

Me formé en el Hospital de Alcalá de Henares, donde el jefe de servicio en aquel momento era el profesor Teus, una de las grandes referencias en cirugía refractiva. Al finalizar la residencia, tuve la oportunidad de incorporarme a la Clínica Rementería, hace ya casi 13 años, junto al doctor Laureano Álvarez-Rementería, lo que me permitió completar mi formación en cirugía de catarata.

En cierto modo, mi trayectoria ha estado marcada por estos dos referentes en el ámbito nacional. Actualmente formo parte del comité de dirección de la clínica y mi actividad asistencial se centra principalmente en la cirugía de catarata y refractiva.

Para empezar por lo básico, doctor, ¿qué son exactamente las cataratas y por qué aparecen?

Las cataratas consisten en la opacificación del cristalino, que es la lente natural del ojo. El ojo tiene distintas estructuras que permiten que la luz que entra se enfoque correctamente en la retina, y una de ellas es el cristalino, que experimenta cambios específicos relacionados con la edad.

Al igual que ocurre con otras estructuras del ojo, como la córnea, la retina o el nervio óptico, el paso del tiempo provoca alteraciones. Sin embargo, el cristalino es la única estructura en la que estos cambios se pueden revertir o sustituir, y ahí es donde aparece la catarata: una opacificación progresiva asociada principalmente al envejecimiento.

Existen algunas medicaciones, enfermedades generales u otras circunstancias que pueden provocar esa opacificación del cristalino, pero representan un porcentaje muy pequeño de los casos que vemos y operamos. También factores como una exposición importante a la radiación ultravioleta pueden acelerar su progresión, aunque el factor clave sigue siendo la edad.

¿A partir de qué edad suelen aparecer?

Depende mucho de cada caso. Los casos más precoces dentro de lo que se considera habitual pueden aparecer en torno a los 50 años. A partir de ahí, es más frecuente encontrar pacientes con catarata quirúrgica o ya operados entre los 60 y los 70 años, ya que se trata de un proceso progresivo.

Es decir, no es algo que aparezca de un día para otro: no te levantas un día con catarata si el día anterior no la tenías. Su desarrollo es gradual y, por tanto, también lo es el impacto en la visión.

Además, hay personas con una mayor exigencia visual o con actividades profesionales que hacen que noten antes los efectos. Pero, en líneas generales, suele comenzar a manifestarse alrededor de los 50 años o algo más adelante.

Muchas personas conviven con ellas sin saberlo al principio. ¿Cuáles son los primeros síntomas a los que deberíamos prestar atención?

En la mayoría de los casos, los pacientes acuden por dificultades visuales: visión borrosa, molestias con las luces o cambios en la graduación que no tienen mucho sentido.

Por ejemplo, puede aparecer una miopía que antes no existía o aumentar una que ya estaba presente. También hay pacientes con vista cansada que, de repente, notan que ven mejor de cerca de lo que veían antes. Esos son signos más sutiles.

Afortunadamente, en el entorno en el que nos movemos, la asistencia sanitaria es muy buena, por lo que es poco frecuente que un paciente debute con una pérdida de visión completa. Aun así, en algunos casos de cataratas muy avanzadas y unilaterales, el paciente se va adaptando y compensando con el otro ojo, hasta que, de forma accidental, lo tapa y se da cuenta de que no ve nada. Ese puede ser, en ocasiones, el motivo que le lleva a consulta.

Pero, sobre todo, lo más habitual es una sensación progresiva de no ver bien en las actividades cotidianas.

¿Por qué cree que, en muchos casos, el paciente no es plenamente consciente de que está empezando a desarrollar cataratas?

Salvo en casos en los que hay cambios más rápidos o en personas con una alta exigencia visual, como pilotos, que tienen revisiones periódicas, o profesionales que requieren mucha precisión, como relojeros o sanitarios que necesitan una gran agudeza visual, lo habitual es que estos cambios pasen desapercibidos.

Al ser un proceso lento, muchos pacientes lo asumen como parte del envejecimiento: igual que uno ya no corre como antes, también ve peor. Sin embargo, a diferencia de otros cambios asociados a la edad sobre los que no se puede actuar, en el caso de la catarata sí se puede intervenir, y con muy buenos resultados.

¿Cómo afectan las cataratas a la vida cotidiana? ¿Qué tipo de limitaciones suelen notar los pacientes en su día a día?

Depende en gran medida de las actividades de cada paciente, de su exigencia visual y de sus responsabilidades. Hay personas que, por ejemplo, han tenido que dejar de recoger a sus nietos porque ya no pueden conducir en determinadas condiciones. Otros pacientes más jóvenes han tenido que abandonar deportes que antes practicaban con normalidad.

Y, más allá de casos concretos, hay un impacto más general en el día a día: la sensación de no encontrarse cómodo con un sentido que utilizamos de forma constante, como es la visión.

Suele existir cierto miedo a la palabra “cirugía”. ¿Cuándo se recomienda operar y qué mensaje le daría a alguien que tiene dudas o lo está posponiendo?

La principal ventaja de la cirugía de catarata es que se trata de un procedimiento con una altísima incidencia, es decir, hay muchísimos pacientes. Esto hace que los cirujanos que nos dedicamos a esta especialidad acumulemos una gran experiencia, algo clave en una actividad manual como es la cirugía. Esa experiencia permite ser más rápidos, reducir la tasa de complicaciones y mejorar los resultados, no solo por una mejor formación respecto a hace años, sino también por el elevado volumen de intervenciones.

En segundo lugar, contamos con un desarrollo tecnológico muy potente. No se trata solo de que la cirugía en sí salga bien, sino de todo lo que la rodea. En todas las intervenciones de catarata se implanta una lente intraocular, cuyo cálculo depende de una serie de mediciones muy precisas. Estas se basan en pruebas cada vez más avanzadas, lo que nos da una capacidad de diagnóstico y análisis del ojo realmente excelente.

Además, la calidad de las lentes ha mejorado de forma espectacular en los últimos 15 o 20 años. Aunque el margen de mejora actual es menor, el nivel que tenemos hoy es muy alto, y contamos con una amplia variedad de lentes. Esto permite ofrecer un tratamiento altamente individualizado, adaptando la elección de la lente a las características del ojo, las necesidades y el estilo de vida de cada paciente.

En conjunto, disponemos de un gran soporte tecnológico, quirúrgico y de herramientas de personalización que hacen que los resultados sean cada vez mejores.

Dicho esto, es importante no banalizar el procedimiento. Sigue siendo una cirugía y, como tal, es lógico tenerle cierto respeto. Pueden existir complicaciones, y nuestra responsabilidad es saber manejarlas de la mejor manera posible. Aun así, en el balance entre beneficios y riesgos, el peso se inclina claramente hacia los beneficios.

En cuanto al momento adecuado para operar, es una decisión que debe individualizarse. Si somos capaces de hacer un diagnóstico tan preciso, no tiene sentido establecer una edad fija para todos. Hay pacientes que se operan a los 50 años, otros a los 75 o incluso más tarde.

Por eso, la valoración en consulta, el consejo médico y la implicación del propio paciente en la decisión final son fundamentales. En algunos casos, lo que puede ser una buena opción desde el punto de vista médico puede no encajar con las prioridades o circunstancias del paciente, o puede haber otras patologías que requieran atención antes.

¿Las cataratas van unidas a otro tipo de enfermedad ocular?

No necesariamente. De hecho, suele tratarse de un hallazgo aislado. Sin embargo, en el contexto de la valoración preoperatoria analizamos todo el ojo en su conjunto, porque para que el resultado de la cirugía de catarata sea óptimo es fundamental asegurarse de que no existen otras enfermedades que puedan comprometerlo.

Por ejemplo, si un paciente tiene catarata y, además, una degeneración macular, por muy bien que se realice la cirugía, esa patología de base va a condicionar el resultado visual. Por eso, tanto los médicos como los pacientes debemos ser conscientes de la situación de partida, para tener expectativas realistas sobre hasta dónde se puede llegar.

No obstante, no existe una relación directa entre la catarata y otras enfermedades oculares. De hecho, la cirugía de catarata en pacientes con patologías como el glaucoma o el daño macular no empeora estas condiciones. Al contrario, en muchos casos, cuando conviven varios problemas, intervenir la catarata permite al menos mejorar uno de ellos y ayudar al paciente a encontrarse más cómodo con su visión.

Hoy en día existen distintos tipos de cirugía de cataratas. ¿Podría explicarnos, de forma sencilla, cuáles son las principales opciones y cómo se elige la más adecuada para cada paciente?

Hay que diferenciar, por un lado, los tipos de lente y, por otro, el procedimiento de extracción de la catarata.

En este sentido, la cirugía de catarata siempre implica una parte manual. No existe una cirugía completamente autónoma ni una cirugía láser en la que el cirujano no intervenga. Siempre es necesario que el especialista extraiga el contenido del cristalino.

En nuestra clínica apostamos desde el inicio por la cirugía con láser de femtosegundo, que permite optimizar algunos pasos concretos del procedimiento. No sustituye a la cirugía convencional, que sigue teniendo su papel y es necesaria en determinados pacientes en los que no se puede utilizar el láser. Pero, siempre que es posible, consideramos que el láser es una herramienta de apoyo importante, ya que puede mejorar ligeramente unos resultados que, de por sí, ya son muy buenos con la técnica tradicional.

En cuanto a los tipos de lentes, se trata de un campo muy amplio. Aquí es especialmente importante el consejo individualizado, ya que la elección depende de las características de cada paciente. Del mismo modo que el abordaje quirúrgico responde a una forma de plantear la cirugía, la selección de la lente también debe adaptarse a cada caso concreto.

No existe una única opción válida para todos. Disponemos de múltiples herramientas y alternativas, y nuestra labor es recomendar en cada caso la lente más adecuada en función de las necesidades y circunstancias del paciente.

Desde el punto de vista del paciente, ¿cómo es la experiencia de una cirugía de cataratas en Clínica Rementería? ¿Qué diferencia vuestro enfoque?

Desde la fundación de la clínica se ha apostado por la personalización, y bajo ese paraguas se integran muchos aspectos. No se trata solo de una atención cercana, sino también de un enfoque apoyado en la tecnología.

La atención personalizada es una prioridad en todos los niveles: desde el departamento de experiencia de paciente hasta los equipos de optometría, enfermería en quirófano, oftalmología y anestesia. El objetivo es que la estancia del paciente sea lo más cómoda posible y reducir al máximo la preocupación o el miedo asociados a la cirugía.

Ahora bien, ese acompañamiento necesita un sólido respaldo técnico. De poco serviría ofrecer un trato excelente si no contáramos con los medios para minimizar complicaciones intra y postoperatorias y optimizar los resultados visuales finales, que son una prioridad estratégica para la clínica.

En este sentido, apostamos por incorporar todos los avances tecnológicos en medición y análisis ocular que puedan estar al servicio del paciente. El estudio preoperatorio debe ser exhaustivo, y eso implica realizar una batería de pruebas cada vez más completa. Si antes bastaban una o dos, hoy ampliamos ese análisis porque seguimos identificando posibles fuentes de error que, detectadas a tiempo, permiten reducir riesgos y evitar sorpresas durante o después de la cirugía.

En definitiva, nuestro modelo se apoya en dos pilares: la innovación tecnológica y el cuidado personal y emocional del paciente.

En ese acompañamiento, el trato humano es clave. ¿Cómo trabajáis para que el paciente se sienta seguro, informado y tranquilo durante todo el proceso?

El hecho de llevar tanto tiempo en la clínica me ha permitido ver su evolución: desde ser un centro pequeño, con uno o dos oftalmólogos y un enfoque prácticamente familiar donde, por ejemplo, el paciente podía tener incluso el teléfono del cirujano, hasta convertirse en una estructura mucho más amplia.

Con el crecimiento, ha sido necesario profesionalizar todos los niveles. La clínica ha apostado claramente por esa profesionalización, con el objetivo de acompañar al paciente en cada paso de su recorrido. Y eso implica entender que no todo tiene que pasar por el cirujano: hay muchas áreas, como la gestión con aseguradoras o la atención administrativa, en las que otros equipos están mejor preparados.

En este sentido, se ha estructurado todo el proceso del paciente dentro de la clínica. Desde que entra, es acompañado por distintos equipos en función de cada fase: primero auxiliares, después optometría, oftalmología, atención al paciente… El seguimiento también se realiza de forma coordinada entre distintos departamentos, y en el quirófano intervienen auxiliares, enfermería, anestesia y oftalmología. Posteriormente, el paciente vuelve a consulta para su control.

La clave está en que el paciente siempre tenga un punto de referencia, alguien a quien recurrir en cada momento. A veces será el médico, pero en otras ocasiones no, porque no todo en este proceso es exclusivamente clínico.

En definitiva, hemos pasado de un modelo más artesanal a una estructura más robusta y organizada. Aún hay pacientes que nos recuerdan como aquel centro pequeño en la calle Hermosilla, pero hoy somos una clínica más grande, con más profesionales y con una organización que permite ofrecer un servicio más completo, fiable y adaptado a las necesidades actuales.

Usted es el impulsor del Comité de Seguridad del Paciente de la Clínica Rementería, algo poco habitual en el ámbito privado. ¿En qué consiste este comité y por qué considera que es tan importante?

El Comité de Seguridad del Paciente, tal y como lo tenemos planteado en la clínica, parte de una idea clave: como humanos, todos vamos a cometer errores. Y esto, aunque pueda parecer obvio, en medicina es una afirmación casi disruptiva. La medicina no es un entorno distinto al resto de ámbitos de la vida, y asumir esa posibilidad implica la necesidad de implementar medidas para detectar esos errores a tiempo y, sobre todo, corregirlos antes de que supongan un problema para el paciente.

A partir de ahí, el comité ocupa un lugar central en la actividad de la clínica. Está formado por todos los estamentos relevantes: Dirección de Operaciones, Dirección Médica, Dirección de Enfermería, Recursos Humanos, jefaturas de Optometría y Oftalmología, así como Gerencia. Es decir, hay una implicación transversal de todos los responsables.

Esto permite realizar un análisis multidisciplinar de las dificultades del día a día y de los llamados eventos críticos dentro del proceso asistencial. A lo largo del recorrido del paciente hay múltiples pasos en los que pueden surgir problemas o cuellos de botella. El comité trabaja precisamente en identificarlos y abordarlos: a veces mediante una mejor protocolización, otras reforzando la formación, revisando procedimientos o incluso desarrollando soluciones nuevas ante situaciones que antes no se habían planteado.

En este sentido, el Comité de Seguridad tiene un papel especialmente relevante, más aún si se compara con otros centros, sobre todo privados, donde este tipo de funciones pueden estar más dispersas. El valor está en que todos los niveles estén representados y alineados bajo un mismo enfoque: en un entorno de alta complejidad, como es el asistencial y quirúrgico, es imprescindible ser rigurosos en la detección precoz de errores y en la prevención de riesgos.

El modelo recuerda al de la aviación, con sus checklist antes del despegue o del aterrizaje. Del mismo modo, en la práctica clínica, tanto en consulta como en quirófano, es fundamental revisar de forma sistemática cada paso para garantizar la seguridad.

Además, no se trata de una iniciativa de unos frente a otros, sino de un trabajo conjunto. Es una actividad coral, en la que todos los equipos empujan en la misma dirección. Cada área aporta una perspectiva distinta, no es lo mismo la visión del cirujano que la de enfermería o la de atención al paciente, y la clave está en integrar todas ellas para establecer qué es lo más seguro para el paciente y, a partir de ahí, optimizar el proceso.

Porque, aunque el momento final sea la cirugía, todo lo demás es imprescindible para que ese resultado sea posible.

Para terminar, ¿qué le gustaría que cualquier paciente supiera antes de enfrentarse a una cirugía de cataratas, tanto a nivel médico como emocional?

La oftalmología ha pasado de ser una especialidad en la que prácticamente no había herramientas, más allá de colirios o pomadas, hace apenas 40 años, a contar hoy con un abanico de tratamientos enormemente amplio.

En el caso concreto de la cirugía de catarata, las tasas de éxito son espectaculares. Es, de hecho, la cirugía más frecuente a nivel mundial y presenta una tasa de complicaciones muy baja, en muchos casos dentro de lo que podríamos considerar un componente aleatorio difícil de eliminar por completo. En ese sentido, es importante trasladar un mensaje positivo a los pacientes: hoy se hacen las cosas muy bien, con un alto nivel de conocimiento y un sólido respaldo técnico y científico.

Además, la oftalmología en España se sitúa en niveles muy altos. Los profesionales trabajan con estándares equiparables a los de cualquier país europeo, Estados Unidos o China. No hay diferencias en cuanto a calidad asistencial, lo que permite afirmar que los pacientes están en muy buenas manos.

En cuanto a la parte emocional, cobra especial importancia en aquellos casos en los que existe la posibilidad de elegir la lente intraocular, una decisión que se toma de forma compartida entre el oftalmólogo y el paciente. Es fundamental que el paciente se sienta cómodo con el profesional que le asesora en este proceso.

En ciudades como Madrid, donde hay muchos especialistas altamente cualificados, es importante que el paciente entienda bien qué se puede hacer en su caso y cuáles son las ventajas e inconvenientes de cada opción. Y, si no se siente del todo cómodo con el profesional, es razonable buscar una segunda opinión.

Al final, se trata de entrar en quirófano con tranquilidad, no solo desde el punto de vista técnico, que está muy estandarizado, sino también desde el emocional. Tener una buena conexión con el cirujano o la cirujana es clave, porque el proceso no termina en la intervención: hay un seguimiento posterior en el que esa confianza resulta fundamental.