“La experiencia es como un peine que te dan cuando se te ha caído el pelo”, J.M. Serrat
Aún recuerdo en mis primeros trabajos cuando me decían aquello de: “Haz caso de lo que te digo que tengo muchos años de experiencia, muchacho”.
Hace bastante tiempo aprendí que, en muchos casos, cuarenta años de experiencia, son un año de mala experiencia repetido cuarenta veces. Solamente tiene valor cuando una persona ha aprendido a lo largo del tiempo, fundamentalmente de los errores que ha cometido y ha sido consciente de ello.
Aprender es la primera cualidad o proceso del ser humano, desde que nace, copia, imita y poco a poco va adquiriendo conductas basadas en el aprendizaje, que se incorporan al desarrollo de los individuos, hasta que con el paso de los años pasan a dividirse en comportamiento y en conocimiento.
Durante años, entendí mi profesión como un conjunto de responsabilidades bien definidas: cumplir plazos, alcanzar metas, resolver problemas y lo más importante, estar cerca de las personas para conseguir los mismos objetivos juntos, no sé si siempre lo conseguí.
La eficiencia era la medida del éxito y el reconocimiento, su consecuencia natural. Pero con el tiempo algo empezó a cambiar. No fue una crisis ni un punto de ruptura, sino más bien una acumulación de pequeñas vivencias que, juntas, revelaban una dimensión distinta del trabajo.
Recuerdo especialmente una etapa en que los desafíos profesionales coincidieron con situaciones personales complejas dentro del entorno laboral. Personas que atravesaban dificultades, decisiones que no podían tomarse únicamente desde la lógica, conversaciones que exigían más escucha que respuestas. Fue ahí donde comprendí que la verdadera competencia profesional no reside solo en el conocimiento técnico, sino en la capacidad de sostener lo humano dentro de lo exigente.
Gestionar la experiencia, es en el fondo gestionar emociones: expectativas, frustraciones e incertidumbres, no solamente conocimiento. Estas experiencias, a lo largo del tiempo y ya calvo, no me hicieron menos profesional, sino todo lo contrario. Reflexionando me hizo valorar y enriquecer la experiencia con el paso de los años.
Mi capacidad de aprendizaje no quiero que disminuya y sobre todo, trato de aprender de las personas jóvenes que con mayores conocimientos y expectativas que yo que me introducen en el mundo del futuro y en una sociedad de la que ellos serán los verdaderos dueños.
Pero ya no tengo respuestas, simplemente veo que la experiencia cada día va a tener menos valor.
La experiencia en el mundo profesional dejará de existir, tal y como hasta ahora la hemos concebido, cuando los ciclos laborales y las empresas cada día sean más cortos y mucho más rápidos en su transformación.
Solo tenemos que comparar qué ha pasado con las empresas desde el siglo pasado, por ejemplo: en el best seller de T. Peters y R.H. Waterman In Search of Excellence, analizaron con muchísimo detalle 43 empresas de mucho éxito en EEUU en el año 1982. En el año 2000 apenas quedaban 14 de esas 43 empresas y diez años más tarde, menos de diez porque el resto habían desaparecido, habían sido adquiridas o fusionado, habían perdido el liderazgo en su sector y solamente General Electric estaba en el top donde ya apareció Microsoft.
En 2020, las empresas líderes eran Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet y Meta, pero en el 2024 apareció Nvidia, que en un año ocupó el número 1 del ranking.
Quiero decir con esto, que lo que antes ocurría en décadas ahora ocurre en un año y dentro de poco tiempo, en días.
Aún recordamos la rapidez en la creación de las vacunas de la COVID-19 y otras nuevas que irán apareciendo. Actualmente, la evolución de las terapias CAR-T y por supuesto, en la cirugía quirúrgica con el robot Da Vinci y otros más rápidos y eficientes, sin perder de vista el mundo de los trasplantes y muchos avances que tendrán la dimensión del tiempo: décadas, años, meses, días.
Y con esta evolución tecnológica en todos los aspectos, ¿dónde está la experiencia? ¿para qué sirve? Y lo más relevante ¿de cuánto tiempo estamos hablando?
Cada día vamos a dar más valor a la rapidez en la creación y en la innovación, que vendrán de la mano de grandes factores que van a cambiar en una primera “ola” los paradigmas de la sociedad del mundo profesional, del trabajo y por supuesto, de las personas en nuestras vidas privadas, como la IA generativa y los agentes, la biotecnología, la robótica y los nuevos materiales.
Preguntarnos si la experiencia que hemos ido adquiriendo como personas, es decir, como hijos, padres, amigos…etc., nos valdrá para algo, o si nos dirán los jóvenes de las nuevas generaciones lo mismo que les decíamos a nuestros progenitores: “Pero eso ya no se lleva, eso es antiguo, ahora las cosas son de otra manera”.
Hasta ahora la experiencia siempre la hemos basado en el pasado, adquirida a través de la observación o de la participación directa en hechos reconocibles y ahora hay que construirla con el futuro, con hechos perceptibles y predecibles.
Ya no basta con adaptarse a lo que venga, hay que anticiparse en la manera de lo posible en lo que está por llegar, pero no debemos enfrentarnos a ninguna “ola” porque nos arrastrará con ella.
Solamente seremos capaces de mantener la confianza en las personas y en nuestras relaciones con ellas, si no nos dejamos polarizar por esta sociedad que obviamente estará manejada por la canibalización de la confianza, aunque nos dirán que “es un reemplazo funcional, en entornos controlados de desarrollo tecnológico”.
Ya no nos van a dar un peine cuando estemos calvos, debemos aceptar que somos calvos.




