En sanidad se reclama mucho la humanización, pero poco la estandarización. Cuando, en realidad, los procesos no estandarizados son los que más deshumanizan.
La definición de “humanización” es poco clara y conceptualmente difícil de trasladar a la realidad. La de “estandarización”, sin embargo, no deja margen a las dudas ni a la interpretación: “La definición y aplicación sistemática de la mejor forma conocida de hacer una actividad asistencial, de manera consistente, segura y reproducible, independientemente de quién la ejecute o dónde se realice”.
Cuando te dan el alta sin seguir un proceso estandarizado, tu experiencia como paciente depende mucho más del profesional que del sistema. Porque sin existir unos pasos concretos y reproducibles a seguir, los resultados dependen del criterio, el tiempo, el cansancio y la sensibilidad del profesional concreto que esté en ese momento. Por ejemplo, si llegas a urgencias de madrugada y no existe un circuito estandarizado para ti, pueden acabar desvistiéndote en un pasillo y no pedirte pruebas básicas y necesarias para tu caso.
Por eso, estandarizar es humanizar. Porque humanizar es mucho más que llamar al paciente por su nombre, evitar tecnicismos y mandar encuestas de satisfacción.
Cuando trabajaba en consultoría, frecuentemente se hacía mención a la necesidad de “industrializar la sanidad”, término que generaba un gran rechazo entre los sanitarios (a mí incluido). Pero, alejándonos de este término frío, inerte y aséptico que es “industrializar”, no podemos obviar que la idea de fondo es fundamental: estandarizar procesos clínicos y administrativos para que la atención básica, segura y digna esté garantizada en cualquier contexto, turno o profesional.
‘Los procesos no estandarizados son los que más deshumanizan’
La variabilidad de los procesos es uno de los grandes y desconocidos problemas en la sanidad. No todo en sanidad es igual ni perfectamente estandarizable, pero no todo debería depender del criterio individual. Evidentemente, la estandarización en exceso no sería recomendable, puesto que hay decisiones en las que la variabilidad no solo es inevitable, sino deseable. Por ejemplo, si dependen del juicio clínico, de la singularidad del paciente o de su contexto. Pero lo básico, lo seguro, lo digno y la mayoría de procesos e interacciones en el sistema, sí deberían de tener un grado importante de estandarización. Y en sanidad, como bien indica el refranero, “el demonio está en los detalles”.
El motivo frecuente de rechazo hacia la estandarización es pensar que esta encorseta y limita a los profesionales. Pero estandarizar, paradójicamente, da más libertad a las personas porque desplaza el peso del trabajo desde la improvisación constante hacia el juicio clínico real. En procesos no estandarizados, el profesional es solo libre en apariencia. Cuando los procesos básicos están estandarizados, el profesional puede dejar de preguntarse qué toca en cada momento y centrarse en qué necesita la persona. Por eso, estandarizar ensancha el espacio mental para pensar, escuchar y adaptar, y permite una humanización real de los cuidados en sanidad.





