Me gusta este nuevo Papa, sin duda. Y mucho.

En el aún escaso tiempo que lleva en el Pontificado está demostrando, entre otras virtudes, que, para ser humilde y discreto, no hay que predicarlo a todo el mundo, como ha sucedido frecuentemente en la historia reciente de la Iglesia. Es un contrasentido. El público interesado debe notarlo y apreciarlo sin que les den ya hecho el juicio.

Y por eso no está ninguneando a los medios de comunicación, ni a sus trabajadores. Todo lo contrario. Eleva su labor a otra dimensión.

Creo que la segunda audiencia que concedió en el Vaticano fue para ellos, (y no eran periodistas solo, sino comunicadores en el sentido amplio de la palabra…, otro éxito en su convocatoria, no confundir), poniéndoles en el sitio que deben estar, en lo más alto de la consideración profesional, y dijo una expresión que me encantó: “Hay que desarrollar las palabras para desarmar la desinformación”.

En solo nueve palabras, casi casi explica un tratado de cómo debe ser el comunicador a estas alturas del siglo XXI y, sobre todo, en los años venideros, donde la tendencia de las nuevas generaciones se aleja del esfuerzo intelectual  que no se desea – reflexionemos un poco sobre ello -.

Es un hecho que una de las principales luchas en las que debe combatir el comunicador es contra las falsas noticias y bulos, o los muchos perversos influencers que siempre causan daño, pero mucho más en nuestra salud, el principal tesoro que se nos concede normalmente al nacer.

La comunicación en el ámbito sanitario ha sido, tradicionalmente, un componente esencial para la calidad de la atención, la seguridad del paciente y la eficacia de los tratamientos. Sin embargo, el avance acelerado de la tecnología digital, la inteligencia artificial, la globalización de la información y el empoderamiento del paciente están transformando radicalmente los modos, los canales y los contenidos de dicha comunicación.

Exploremos las principales tendencias que están configurando el futuro de la comunicación en sanidad, con un enfoque en la transformación digital, la personalización, la equidad, la ética y la humanización, analizando los retos y oportunidades que estos cambios representan para los profesionales y los pacientes.

En el mundo de la digitalización y las tecnologías emergentes, el mayor desarrollo de la comunicación está sucediendo a través de la telemedicina, la inteligencia artificial y la realidad aumentada.

La pandemia de la COVID-19 aceleró la adopción de la telemedicina a nivel global, transformando las relaciones médico-paciente. Se espera que, en el futuro, esta modalidad no solo complemente como ahora, sino que, en algunos contextos, sustituya a la atención presencial, especialmente en áreas rurales o con escasez de profesionales.

Esta digitalización trae consigo una transformación en los modos de comunicación: se requieren nuevas competencias comunicativas, mayor precisión verbal, estrategias para mantener la empatía a distancia, y herramientas audiovisuales que permitan compensar la falta de contacto físico. Además, se plantea el reto de asegurar la privacidad y confidencialidad de la información durante estas interacciones virtuales.

‘Comunicar bien será sinónimo de cuidar bien’

La inteligencia artificial, por su parte, ya desempeña un papel crucial en la comunicación sanitaria actual. Desde asistentes virtuales, capaces de resolver dudas básicas del paciente, hasta algoritmos que sintetizan historiales clínicos o sugieren diagnósticos, esta inteligencia puede automatizar tareas comunicativas rutinarias y liberar tiempo para la atención humana.

A futuro, se prevé que modelos lingüísticos avanzados, actúen como mediadores entre pacientes y sistemas sanitarios, facilitando la comprensión de diagnósticos, tratamientos y procedimientos.

La realidad aumentada y la realidad virtual están comenzando a aplicarse en educación médica y simulación clínica. En el futuro, podrían usarse también para facilitar la comunicación con pacientes: explicaciones inmersivas sobre procedimientos quirúrgicos, visualización de efectos de enfermedades, o interacción con entornos terapéuticos virtuales. Esto puede aumentar la comprensión, y reducir la ansiedad del paciente, particularmente en contextos pediátricos o de salud mental.

En el área de humanización y personalización de la comunicación, el foco principal actual y futuro de esta se basa en la centralización en el paciente, y en la personalización mediante datos.

Frente a la creciente digitalización, desde todos los centros de opinión se subraya la necesidad de no perder la dimensión humana de la atención.

La comunicación centrada en el paciente, es decir, aquella que toma en cuenta sus valores, preferencias, emociones y contexto, será aún más crucial en un entorno altamente tecnificado. La formación en habilidades comunicativas, la empatía y la escucha activa deben reforzarse en todos los niveles del sistema sanitario.

La paradoja del futuro de la comunicación en sanidad es que, mientras se automatizan ciertos aspectos, se vuelve más necesario que nunca cultivar la calidad de las interacciones humanas. En este sentido, es imprescindible una coexistencia entre herramientas tecnológicas que agilizan procesos y profesionales que asumen un rol más empático, reflexivo y estratégico.

Gracias al big data, y la medicina de precisión, la comunicación médico-paciente será cada vez más personalizada. La información genética, los datos de dispositivos portátiles, el historial farmacológico y los perfiles psicológicos permitirán adaptar no solo tratamientos, sino también la manera de explicarlos. Por ejemplo, un paciente con alta ansiedad podría recibir información de manera más gradual, mientras que otro con formación científica podría preferir explicaciones más detalladas y técnicas.

Este enfoque personalizado requerirá una nueva alfabetización comunicativa en los profesionales, así como herramientas que ayuden a modular el mensaje, según el perfil del receptor.

Pero el futuro de la comunicación en sanidad no se limita a la relación médico-paciente. También implica mejorar la interacción entre los diversos niveles del sistema: atención primaria, hospitales, servicios sociales, salud mental, entre otros. La comunicación eficaz entre profesionales sanitarios será clave para garantizar la continuidad asistencial, evitar errores y mejorar los resultados clínicos.

La implementación de sistemas interoperables de historia clínica electrónica, protocolos de derivación estandarizados y herramientas de comunicación asincrónica (como plataformas seguras de mensajería clínica) serán pilares de este proceso.

En un mundo globalizado, y con poblaciones cada vez más diversas, la comunicación multilingüe, y culturalmente competente, será esencial. Se requerirán sistemas de traducción simultánea, plataformas multilingües de información sanitaria y formación en competencia intercultural. Además, en el caso de pandemias o amenazas sanitarias globales, la coordinación comunicativa entre países, organismos internacionales y sistemas nacionales de salud será determinante.

La figura del paciente pasivo está siendo ya afortunadamente reemplazada por un nuevo perfil: el paciente activo, informado, que busca información, toma decisiones y participa en su tratamiento. El acceso a Internet, a comunidades de pacientes y a recursos educativos ha democratizado el conocimiento médico. En este contexto, la comunicación profesional debe adaptarse y ser más transparente, dialogante y colaborativa.

A futuro, los pacientes no solo consumirán información, sino que también la producirán: compartirán datos mediante apps, evaluarán servicios de salud y participarán en el diseño de intervenciones. Esto implica una transformación profunda del papel del profesional sanitario como guía y facilitador.

Es obvio decir que las redes sociales son ya una fuente primaria de información sanitaria para muchas personas. Esta tendencia aumentará, por lo que será imprescindible desarrollar estrategias de comunicación profesional que aprovechen estos canales para educar, prevenir y contrarrestar la desinformación.

Al mismo tiempo, se deberán establecer e incrementar los mecanismos para verificar la calidad de la información, combatir las noticias falsas y promover el pensamiento crítico en salud.

El área de los retos éticos y regulatorios se debe considerar que, con la proliferación de datos digitales, dispositivos conectados y sistemas de inteligencia artificial, la protección de la privacidad deberá garantizar no solo la seguridad técnica, sino también la confianza del paciente. Además, surgirán dilemas complejos: ¿Puede una IA alertar a un familiar si detecta riesgo suicida? ¿Debe compartirse información genética con familiares?

Además, la transformación digital puede profundizar las desigualdades si no se gestiona con cuidado. No todos los pacientes tienen acceso a Internet, habilidades digitales o dispositivos adecuados. La comunicación sanitaria del futuro debe ser inclusiva: multicanal, accesible, adaptada a diferentes niveles de alfabetización y sensible a las brechas digitales. De lo contrario, se corre el riesgo de excluir a los más vulnerables.

En cuanto a la formación y las competencias del profesional del futuro, este necesitará dominar nuevas habilidades comunicativas. No solo se requerirá la clásica comunicación empática y clara, sino también competencias digitales, conocimiento sobre tecnologías de la información, alfabetización mediática y manejo de plataformas virtuales. Facultades y programas de formación continua deberán actualizar sus currículos para incluir estas dimensiones.

Además, será necesario incorporar metodologías activas como la simulación clínica, la observación reflexiva o la grabación de entrevistas para desarrollar habilidades prácticas en comunicación.

El futuro seguro que traerá nuevos retos globales como pandemias, catástrofes climáticas o alarmas alimentarias. La comunicación del riesgo y de crisis será una competencia clave para los profesionales de salud pública. Esto implicará saber comunicar incertidumbre, generar confianza, coordinar mensajes con autoridades y evitar el pánico o la desinformación.

De nuevo, pienso que será una tarea ímproba y complicada de llevar a cabo, dado el ambiente de implicación y deseo de progresar limitado de nuestras nuevas generaciones y fruto, quizás, de los desencantos sufridos…Pero que se puede conseguir con motivación y con herramientas oportunas, y ya empezamos a descifrar el resultado final que nos lleva hacia la figura del nuevo comunicador….

Vivimos en un mundo que necesita más ciencia, pero también mejor comunicación de la ciencia. La investigación avanza a un ritmo vertiginoso, pero muchos de sus descubrimientos se quedan atrapados en el lenguaje técnico de los laboratorios, o en publicaciones inaccesibles para el público en general. El desafío es evidente: ¿cómo pueden los científicos explicar investigaciones complejas a personas ajenas a su disciplina, sin perder rigor, pero conectando con sus intereses y emociones?

En este contexto, la figura clave física será el comunicador (insisto, periodista o no), y una herramienta básica: el storytelling, también conocido como el arte de contar historias, que se presenta como una herramienta poderosa para transformar la comunicación científica y donde los centros de investigación europeos se están aliando para formar a sus investigadores en técnicas narrativas y, así, acercar mejor su trabajo a la sociedad.

Uno de los principales desafíos de la comunicación científica radica en el lenguaje que se utiliza. Acostumbrados a expresarse con precisión técnica, y a sostener sus argumentos en datos, gráficas y metodologías complejas, muchos científicos encuentran enormes dificultades a la hora de hablar con públicos no especializados. La terminología científica, aunque imprescindible en contextos académicos, puede actuar como un muro que aísla el conocimiento en lugar de compartirlo.

Cuántos investigadores, a pesar del dominio de su tema, no logran despertar interés ni comprensión en los asistentes a sus presentaciones donde abunda la multiculturalidad, y se sienten invisibles.

Este tipo de experiencias reflejan una desconexión profunda: el conocimiento existe, pero no se transmite de forma eficaz. Numerosos estudios demuestran que las personas recuerdan mejor las historias que las listas de datos, especialmente cuando esas historias despiertan emociones o reflejan situaciones cercanas. Mientras los datos apelan al análisis, las narrativas apelan a la empatía, a la emoción, a las vivencias.

Superar esta desconexión no es solo un asunto de estilo: es una necesidad estratégica. Si queremos una sociedad más informada, participativa y comprometida con la ciencia, necesitamos que el conocimiento se exprese en un lenguaje que emocione, inspire y movilice.

El futuro de la comunicación científica es narrativo. Por eso, el storytelling tiene el poder de transformar la forma en que la ciencia se comunica, se entiende y se valora. Frente a una sociedad que necesita información clara, fiable y accesible, contar bien la ciencia es tan importante como hacerla. Narrar la ciencia es mucho más que adornarla: es humanizarla, hacerla accesible y, sobre todo, hacerla útil.

En un mundo lleno de fakes, saturación de datos y ruido informativo, las buenas historias no solo captan la atención, sino que ayudan a disminuir la brecha entre el conocimiento y las personas.

Hora de concluir: el futuro de la comunicación en sanidad estará marcado por una tensión creativa entre la automatización tecnológica y la humanización de la atención. La inteligencia artificial, la telemedicina, la realidad aumentada y la personalización mediante datos abrirán posibilidades inéditas, pero también exigirán una vigilancia ética, una formación renovada y un compromiso con la equidad.

Más que nunca, comunicar bien será sinónimo de cuidar bien. En un entorno sanitario cada vez más complejo, la calidad de la comunicación no solo influirá en la satisfacción del paciente, sino en la efectividad de los tratamientos, la sostenibilidad del sistema y la justicia social.

Y así, salvará vidas.

Prepararse para este futuro requiere visión estratégica, inversión en formación y una apuesta clara por la humanización.

Hay que decir que la comunicación de la salud tiene una gran oportunidad de marcar la diferencia en el avance de la salud global, y la va a aprovechar, separándose del mundo de la información, al menos como sigue entendiéndose hoy, con periodistas persiguiendo la noticia, corriendo detrás de ella y procurando por todos los medios ser el primero en publicarla (a veces sin comprobar la veracidad totalmente), y sin defensas apenas frente a las fake news.

Al nuevo mundo de la comunicación le espera un futuro espléndido. Va a ser el nexo de unión entre equipos de trabajo multidisciplinar de alto nivel, para conseguir hacer posibles proyectos de ciencia y de innovación. Y ahí será un agente más, entre biólogos, ingenieros, médicos, físicos, etc., consiguiendo que se entiendan todos en un mismo lenguaje: el esperanto del siglo XXI.

Esta labor de coordinación motora será la que impulse a todos los agentes innovadores de la sanidad hacia un desarrollo sostenido y sostenible, donde todo el mundo coincide en señalar que la ciencia bien comunicada debe ser básica para el desarrollo sostenible de la sanidad y, por eso, los grandes centros privados y muchos públicos ya crean departamentos en los que no solo desarrollan ensayos clínicos, como hasta hace poco tiempo.

Es el auge de los hubs o startups, para desarrollar nuevas tecnologías y vías de hacer posible la predicción de enfermedades, y el ahorro que pueden suponer los no reingresos o la repetición innecesaria de pruebas.

Y basados en la comunicación.

¡Felices vacaciones!