Siempre he pensado que para que algo se olvide primero hay que abandonarlo, por ello y atendiendo a esta premisa, para llegar a una España olvidada (que es la versión oficial) previamente hay que abandonar nuestros a pueblos hasta que no sean capaces de subsistir por sí mismos, hay que llevarlos a la inanición estructural y de servicios y una vez completada esta primera parte viene la segunda y última, el olvido. Ramón de Campoamor dijo: “Murió del todo, pues murió olvidado”.
De esta manera gráfica he querido reflejar lo que sucede en el sector de la farmacia, con las que están situadas en zonas rurales e incluso con aquellas farmacias que tienen “viabilidad económica comprometida” que no tienen por qué ser aldeas o pequeños pueblos, pueden ser pueblos medianos.
El Consejo General de Colegios de Farmacéuticos de España según informes entiende que “la supervivencia del modelo de farmacia rural está comprometida” en un 83,4% e incluso que una de cada tres farmacias rurales se encuentra en peligro de sobrevivir.
Pero ¿qué representa la farmacia rural de un pequeño pueblo a punto de ser abandonado?, representa en buena medida la supervivencia de ese núcleo de población. Desaparecen los consultorios médicos y de enfermería, desaparecen los bancos, los cajeros automáticos, falta de conexiones ágiles con núcleos poblacionales más importantes, faltan residencias de tercera edad, falta si cabe el comercio, en fin… un largo etc. que hace de la supervivencia una heroicidad precisamente por la degradación y con ella, el abandono, paso previo para llegar a la última estación, el olvido.
Asistimos socialmente a una pirámide poblacional envejecida, cronificada, que requiere atención y cuidado, y desde el mismo momento en que estructuralmente la geografía española tiende a la dispersión (quitando la concentración de las grandes ciudades), y esto hace que los servicios esenciales no llegan a todos los puntos del país.
La farmacia jurídicamente tiene esa denominación diabólica que siendo un establecimiento privado está sometida al derecho administrativo además de al derecho mercantil y civil, un conglomerado jurídico que pudiera ser difícil de digerir, con márgenes estrictos tanto para una farmacia de una ciudad importante e incluso un pueblo importante, pero también para una farmacia de un pueblo, por ejemplo de cuatrocientos habitantes, en el que una vez jubilado el farmacéutico lo que se instala es un botiquín o tiene que suministrar los medicamentos la farmacia más cercana.
‘El farmacéutico rural es el confesor más inmediato que siempre está ahí’
La farmacia rural es tan importante como pueda ser el Ayuntamiento; son los sitios de referencia en el pueblo y la farmacia es la que garantiza la buena salud de los vecinos a quienes se dispensa y escucha pacientemente; vecinos de quienes se conocen sus vidas, su historia y sus problemas.
El farmacéutico rural es el confesor más inmediato que siempre está ahí, (porque hasta los curas escasean en estos pueblos de Dios) dispuesto a escuchar y dedicar su tiempo y obtener a cambio de un pequeño margen en la dispensación de ese medicamento financiado; es el trabajo agradecido que representa el consejo que siempre se tiene en cuenta; no es el farmacéutico una persona anónima es don Vicente al que se recurre siempre que surge cualquier duda sobre salud porque su puerta está siempre abierta. Y la realidad es que el beneficio de la farmacia no da para más y aún así mantiene su perseverancia el farmacéutico para no dejar abandonados a sus vecinos y por tanto para no olvidarlos.
Las cuatro mil quinientas farmacias (aproximadamente) existentes hoy se van cerrando paulatinamente sin posibilidad de reposición; un verdadero drama difícil de solucionar en una sociedad de mercado en el que la oferta y la demanda es la cruel balanza de la subsistencia. Una farmacia, esta la rural, que no está descargada de burocracia, de normas legales y que no se diferencia de las farmacias en las poblaciones más importantes en que el balance de fin de mes no puede ser de color rojo, sino que se obtenga la ganancia necesaria para seguir prestando un servicio imprescindible que acerca a las personas.
Las instituciones afectadas deberían tener un recuerdo especial para estos sufridos farmacéuticos, disponiendo normas que concilien sus condiciones de trabajo con su voluntad de servicio y permanencia en lugares que aún hoy milagrosamente se encuentra una farmacia que los del pueblo saben que está pero que difícilmente se sabe externamente de su existencia.
Abandonar estos pueblos es abandonarlo todo y con ello, a sus vecinos mayores y sin recursos para emigrar a otros sitios, es un vieje sin retorno hacia la España olvidada a la que no se tiene la más mínima intención por los poderes públicos de salvarla, bien al contrario, como diría Campoamor “morirá de olvido”.




