Desde la perspectiva de la economía de la salud, la asignación eficiente de competencias profesionales es un elemento clave para la sostenibilidad del sistema sanitario. Sin embargo, en España persiste una brecha significativa entre el potencial competencial de Enfermería y su uso efectivo en los modelos asistenciales. Esta divergencia introduce ineficiencias, limita la capacidad resolutiva del sistema y condiciona negativamente los resultados en salud.

El sistema sanitario español se enfrenta a un escenario de alta complejidad marcado por el envejecimiento poblacional, el incremento de la cronicidad, la presión asistencial sostenida y las limitaciones estructurales de recursos humanos. En este contexto, resulta especialmente relevante analizar cómo se están utilizando las capacidades profesionales disponibles. Sin embargo, persiste una disfunción significativa: la infrautilización sistemática del potencial de la Enfermería dentro de los modelos organizativos y de gobernanza sanitaria.

Lejos de ser una cuestión meramente profesional o corporativa, esta situación constituye un problema de eficiencia del sistema. Enfermería es una disciplina científica consolidada, con competencias en valoración, diagnóstico de necesidades, planificación de cuidados, toma de decisiones y seguimiento de procesos complejos, especialmente en el ámbito de la cronicidad y la continuidad asistencial.

La evidencia internacional y nacional ha demostrado de forma consistente su impacto en la mejora de resultados en salud, la reducción de eventos adversos, la optimización del uso de recursos y el incremento de la calidad percibida por los pacientes.

Sin embargo, el marco organizativo y, en parte, el regulatorio en España continúan arrastrando inercias que limitan el desarrollo pleno de estas competencias. La persistencia de modelos jerárquicos tradicionales, la fragmentación asistencial y la escasa incorporación de perfiles de práctica avanzada o de liderazgo enfermero en la toma de decisiones estratégicas condicionan la capacidad del sistema para evolucionar hacia modelos más eficientes y resolutivos.

Desde la perspectiva de la economía de la salud, esta infrautilización genera ineficiencias tanto en términos de costes directos como indirectos. La falta de aprovechamiento de las competencias enfermeras contribuye a una mayor presión sobre otros niveles asistenciales, incrementa la medicalización de procesos que podrían abordarse desde un enfoque de cuidados y dificulta la gestión proactiva de pacientes crónicos complejos. Esto se traduce en un aumento de hospitalizaciones evitables, una menor adherencia terapéutica y una pérdida de continuidad asistencial, con el consiguiente impacto en resultados en salud y sostenibilidad del sistema, como nos indica la evidencia de manera sólida.

Por un lado, la limitada participación de las enfermeras en los espacios de gobernanza sanitaria representa una pérdida de valor estratégico para el sistema. Por otro, su proximidad al paciente y su visión integral del proceso asistencial las posicionan como agente clave para la identificación de necesidades, la evaluación de intervenciones y la mejora de los procesos asistenciales. Por esto mismo, no incorporar de forma sistemática esta perspectiva en la planificación y gestión sanitaria implica tomar decisiones con menor conocimiento directo de la realidad asistencial y con menor orientación a resultados en salud.

Esta realidad implica que las políticas sanitarias orientadas a la sostenibilidad del sistema deberían incorporar de manera explícita el desarrollo competencial de la enfermería como un eje estratégico. Esto incluye el impulso de modelos de práctica avanzada, el refuerzo de su papel en la atención primaria y comunitaria, la integración en estructuras de gestión y liderazgo, así como la adaptación del marco normativo para facilitar un ejercicio profesional acorde con su nivel formativo y competencial.

Conviene subrayar que este enfoque no responde a una lógica de confrontación entre profesiones, sino a un principio básico de buena gobernanza: la asignación eficiente de recursos y competencias en función de su capacidad de generar valor en salud. Los sistemas sanitarios más avanzados han evolucionado hacia modelos interdisciplinares donde la autonomía profesional, la coordinación y la complementariedad son elementos clave para la obtención de mejores resultados, y España no puede permitirse no hacerlo, siempre teniendo en el eje de la atención a las personas y con garantías de calidad y seguridad.

Mantener estructuras que limitan el desarrollo de las enfermeras no solo perpetúa ineficiencias, sino que compromete la capacidad del sistema sanitario español para responder a los retos presentes y futuros. En última instancia, el impacto de esta situación no recae en una profesión concreta, sino en el conjunto del sistema y, especialmente, en las personas, que ven condicionadas la calidad, la accesibilidad y la continuidad de la atención que reciben.

Es cierto que en torno a este debate se han generado interpretaciones simplificadas que no reflejan la realidad del sistema sanitario. Por ello es necesario que, lejos de plantearse en términos de confrontación, el verdadero reto pase por avanzar hacia modelos basados en la colaboración, la complementariedad y el respeto entre profesionales.

En el desarrollo de las competencias propias es desde donde se aporta valor, por lo que parece necesario recordar de nuevo que las enfermeras no pretendemos ocupar el espacio de otros profesionales, sino desarrollar plenamente el nuestro. Solo desde el reconocimiento de todas las capacidades disponibles será posible avanzar hacia una mejor gestión del sistema sanitario y hacia mejores resultados en salud.