Hace ya muchos, muchos años que el 30 de enero tiene un significado muy especial para mí, el aniversario de la muerte de Mohandas Karamchand Gandhi, más conocido como Mahatma Gandhi, es fecha obligada en mi reflexión particular que hoy creo que es tremendamente apremiante desde el punto de vista de la gestión sanitaria y para la sociedad en su conjunto. No es en absoluto casualidad que la primera editorial del año 2026 de The Lancet haya sido la titulada No health without peace1, que creo no precisa traducción.

La paz como fundamento de la salud: lecciones de Gandhi para un mundo en conflicto

El 30 de enero, es el Día Escolar de la No Violencia y la Paz en memoria del asesinato de Gandhi en 1948, ofrece este año una clave muy concreta: recordar que la paz no es un adorno ético, sino el cimiento mismo de la salud individual y colectiva. Ese es, precisamente, el mensaje central de la editorial de The Lancet, no hay salud sin paz.

Gandhi, la escuela y la cultura de paz

Gandhi defendió una no-violencia activa (ahimsa), que no es pasividad sino fuerza moral frente a la injusticia. El DENIP invita a las escuelas de todo el mundo, y por extensión a todo el ámbito formativo sea del nivel que sea, a educar en derechos humanos, tolerancia, solidaridad y resolución pacífica de conflictos, como parte del currículo y de la vida cotidiana del aula. En España y en otros países europeos, miles de centros educativos aprovechan esta fecha para realizar actividades simbólicas, manifestaciones artísticas y debates sobre paz, convivencia y justicia social.

En un contexto de conflictos crecientes, convertir los entornos educativos en laboratorios diarios de paz, es quizá el acto político más importante que puede hacer una sociedad para cuidar la salud del futuro.

No hay salud sin paz: el mensaje de The Lancet

La editorial de The Lancet del 3 de enero de 2026 abre el año con una pregunta provocadora: “¿Cuál es el desafío sanitario más apremiante de 2026, el cambio climático, la inteligencia artificial, las pandemias o las enfermedades no transmisibles?”  Todos ellos desafíos importantes y prioritarios, sin embargo, la respuesta desplaza el foco hacia un determinante frecuentemente olvidado: “En gran parte del mundo el conflicto es un determinante fundamental de la salud de las personas y del funcionamiento de los sistemas de salud. La carga de los conflictos armados y de la violencia en el mundo es inusualmente alta, y sus efectos se extienden mucho más allá de los campos de batalla, con daños en las zonas de guerra y en entornos civiles cada vez más normalizados1”.

La editorial denuncia que el conflicto suele tratarse como algo externo a la salud, cuando en realidad la atraviesa por completo: “Con demasiada frecuencia, el conflicto se trata como una externalidad de la salud; en realidad, atraviesa todas las grandes agendas sanitarias, configurando los riesgos, las respuestas y la viabilidad de los avances1”.

En 2024 se registraron 61 conflictos de carácter estatal según el Uppsala Conflict Data Program, muchos de los cuales continuaron en 2025 y seguirán activos en 2026, con guerras como las de Ucrania, Sudán y Gaza, junto a crisis prolongadas en República Democrática del Congo, el Sahel, Haití o Myanmar; por no citar los centenares de micro-guerras activas, los conflictos armados internos, la violencia generada por el narcotráfico, la minería ilegal y la violencia contra las minorías étnicas.

Esos conflictos han provocado desplazamientos masivos, inseguridad alimentaria y colapsos de servicios básicos. La editorial subraya la magnitud del cambio: “La violencia ha dejado de ser episódica o estar confinada a regiones específicas, para convertirse en un fenómeno global y estructural, que reconfigura la salud de las poblaciones, desestabiliza las instituciones y debilita la gobernanza y la capacidad necesarias para sostener los logros en salud”.

En relación a la repercusión en los sistemas sanitarios europeos y el de nuestro estado en particular, la violencia que deteriora los sistemas de salud allí se traduce aquí en nuevas necesidades de atención, en retos de mediación cultural y lingüística, y en la urgencia de reforzar una Atención Primaria comunitaria capaz de trabajar con traumas, duelos complejos y proyectos de vida fracturados.

Un orden internacional que se agrieta

Este diagnóstico sanitario se inscribe en un escenario geopolítico marcado por la erosión del multilateralismo y del derecho internacional. En distintos frentes, se observa una tendencia a prescindir o relativizar las normas y las instituciones supranacionales que se construyeron tras la Segunda Guerra Mundial precisamente para evitar que la violencia volviera a convertirse en el lenguaje normal de la política. Esta tendencia significa un claro retroceso en el concepto ético del ser humano y un deterioro evolutivo de nuestra sociedad global.

El retraimiento de la financiación a organismos como la OMS, el Fondo Mundial o Gavi (The Vaccine Alliance), junto con el auge de acuerdos bilaterales condicionados por intereses estratégicos y puramente de negocio, ha creado una especie de “austeridad sanitaria” global, especialmente visible en África. Varios análisis han descrito cómo la crisis del multilateralismo y el debilitamiento deliberado de Naciones Unidas se traducen en respuestas más fragmentadas y politizadas ante pandemias, conflictos y emergencias climáticas. Unas respuestas que tienen repercusión directa sobre nuestro sistema sanitario y puede alcanzar dimensiones totalmente desbocadas como aconteció en la pasada pandemia.

The Lancet advierte además sobre la utilización de la salud en el ámbito de la seguridad que acompaña a los conflictos: “El conflicto también impulsa la utilización de la salud en el ámbito de la seguridad, restringiendo el acceso a los datos, politizando la vigilancia y limitando la investigación independiente y la sociedad civil, lo que debilita los sistemas institucionales que sostienen la salud pública. Cuando la información sanitaria se oculta, se distorsiona o se trata como un activo de seguridad en lugar de un bien público, se socavan la equidad, la rendición de cuentas, la vigilancia y la preparación, el seguimiento ambiental y climático, y la prestación y coordinación de los servicios esenciales1”.

Impactos internos: salud mental, cohesión social y sistema sanitario

La lógica que describe The Lancet —el conflicto como fenómeno estructural que reconfigura la salud— se manifiesta en España no solo a través de los refugiados y migrantes, sino también en la propia dinámica social interna.

En un clima internacional polarizado, los discursos de odio y la instrumentalización política de las personas migrantes y refugiadas generan miedo, estigmatización y violencia simbólica, que la evidencia vincula a peor salud mental y menor cohesión social.

La descohesión social implica debilitamiento de la sociedad civil, el espíritu crítico y el desarrollo del librepensamiento; incidiendo drásticamente en la planificación, estructura, financiamiento y organización de la sanidad.

La percepción de inseguridad global (guerras retransmitidas en tiempo real, amenazas climáticas, crisis económicas) contribuye a un aumento de la ansiedad, especialmente en jóvenes, algo ya observado en encuestas de salud mental posteriores a la pandemia. Brotando una auténtica pandemia de falta de esperanza.

La presión sobre servicios de urgencias, salud mental, trabajo social sanitario y dispositivos de acogida se entrelaza con otros determinantes sociales (precariedad laboral, vivienda, soledad), generando un estrés crónico en los sistemas de salud autonómicos. Un estrés que solamente se puede ver incrementado ante el aumento del presupuesto en defensa en detrimento de otras inversiones sociales.

La violencia económica y climática a la que están sometidos decenas de países del sur global que son entendidos, -en una nueva dimensión del neocolonialismo más propia del Imperium Romanum– como desechables, descartables, meros generadores de recursos; genera aún más inestabilidad, conflictos de todo tipo y deterioro de las condiciones de salud de los pueblos.

Cuando The Lancet advierte de que “todas las agendas sanitarias se ven gravemente obstaculizadas allí donde persiste el conflicto” y que dependen de sistemas de salud que funcionen, datos fiables, cadenas de suministro estables y confianza pública, está describiendo condiciones que España también necesita proteger frente a la ola global de inestabilidad.

La nueva Estrategia Española de Salud Global 2025 2030 nace en un contexto marcado por las lecciones aprendidas de la pandemia de la COVID 19, la crisis climática, el aumento de las desigualdades y las amenazas a la gobernanza multilateral. Situando la equidad, la justicia social y la cooperación internacional como ejes de la acción del Estado2.

Las huellas del conflicto en la salud

La editorial recuerda que los impactos del conflicto sobre la salud son directos, pero también profundos e invisibles. No se trata solo de muertos y heridos en el frente, sino de un entramado de daños que se prolongan durante generaciones: “Los impactos directos son contundentes: desplazamiento, hambre, pobreza y una interrupción prolongada de la atención a las enfermedades no transmisibles y a la salud materno-infantil1”.

Los datos son demoledores. En Ucrania se han documentado desde 2022 más de 2.000 ataques contra establecimientos de salud, deteriorando los servicios de emergencia, el tratamiento del cáncer y la continuidad de la atención para enfermedades crónicas. En Sudán, la OMS ha registrado desde 2023 más de 200 ataques contra instalaciones y personal sanitario, con alrededor de 1.900 muertes entre civiles y trabajadores de la salud. En el territorio palestino ocupado, las hostilidades sostenidas han provocado el colapso de los servicios esenciales de salud y ataques reiterados contra quienes prestan atención sanitaria, destruyendo prácticamente por completo todas las instalaciones sanitarias.

La editorial sentencia con claridad: “Los conflictos contemporáneos no solo interrumpen los sistemas de salud, sino que los desmantelan activamente1”.

Lo cual nos hace pensar en la sanidad, como objetivo de guerra. Si esto lo extrapolamos a entornos donde no se da un conflicto armado entre ejércitos, podríamos entenderlo como objetivo básico en la desestabilización de un estado, o de un entorno geográfico.

Y alerta sobre un horizonte todavía más sombrío: “El desafío para la salud en 2026 no es solo la persistencia de las guerras existentes, sino también el creciente riesgo de escalada y desbordamiento. La inestabilidad política y las tensiones económicas están convergiendo de maneras que aumentan la probabilidad de conflictos nuevos o en intensificación. El cambio climático, la escasez de agua y la inseguridad alimentaria se entrecruzan cada vez más con la violencia, amplificando los desplazamientos, frenando la recuperación y añadiendo nuevas cargas a unos sistemas de salud ya frágiles1”.

Tejer paz para proteger la salud: de la formación al sistema internacional

En este contexto, el 30 de enero y el mensaje de Gandhi adquieren una dimensión que va mucho más allá de la efeméride escolar. La misma lógica que inspira el DENIP —educar de manera permanente para la no-violencia, la empatía y el respeto a la dignidad humana— es coherente con lo que la editorial de The Lancet pide a la comunidad de la salud global:

“La autoridad política para poner fin a las guerras recae en los gobiernos, pero la comunidad de la salud tiene una responsabilidad específica: documentar el daño, proteger la integridad de los sistemas y de los datos sanitarios, abogar por la protección de los sistemas de salud y de la población civil, y asegurarse de que el conflicto sea reconocido y abordado como un determinante crítico de la salud”.

The Lancet recuerda que el derecho a la salud fue consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos, reafirmado en la Declaración de Alma-Ata y sigue estando presente en las prioridades actuales de la OMS. Y cierra con una advertencia inequívoca: “No existe un camino creíble para lograrlo que pueda pasar por un conflicto perpetuo. Responder a las consecuencias sanitarias de la guerra es necesario, pero no puede sustituir las condiciones requeridas para construir, proteger y sostener sistemas de salud. Las aspiraciones de equidad, resiliencia, preparación y acceso universal no pueden hacerse realidad en un contexto de inseguridad crónica1”.

La frase final de la editorial sintetiza todo el argumento: “La paz no es algo adyacente a la salud: es su fundamento1”.

Los entornos formativos deben ser semilleros de ciudadanía crítica, capaces de comprender que la paz no se reduce a la ausencia de bombas, sino a la presencia de estructuras justas que permitan vidas dignas, libres de miedo y de necesidad. Un mundo que se acostumbra a ver, hospitales atacados, trabajadores de la salud perseguidos y datos de salud ocultados por razones de seguridad está renunciando, de facto, al derecho a la salud para millones de personas.

Recordar a Gandhi en 2026, significa también asumir que la paz es una condición previa para cualquier proyecto serio de salud planetaria. Y que ese proyecto no se construirá solo con vacunas, algoritmos o financiación innovadora, sino con la decisión política y ética de poner fin a la violencia estructural que hoy enferma al mundo. Es en este contexto donde la célebre frase atribuida a Mahatma Gandhi “no hay camino para la paz, la paz es el camino1” alcanza todo su valor conceptual y operativo, pues sin duda es una llamada a la acción grupal y personal para ser constructores de la paz.

Al final, la pregunta que plantea The Lancet – “¿cuál es el mayor desafío sanitario de 2026?” – encuentra entre nosotros la misma respuesta que a escala global: el desafío es aprender a poner la paz en el centro de la agenda sanitaria. No solo como ausencia de guerra en el territorio del estado, sino como compromiso activo con un orden internacional basado en derechos, con una cooperación que no abandone a los más vulnerables y con una sociedad que, desde sus centros educativos y entornos sanitarios, sepa reconocer que cuidar la paz es cuidar la salud.

Bibliografía

  1. No health without peace. The Lancet, The Lancet, Volume 407, Issue 10523, 1 https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(25)02596-6/fulltext
  2. Estrategia Española de Salud Global 2025-2030. Gobierno de España. Ministerio de Sanidad. Ministerio de Asuntos Exteriores.

Francisco Javier Valbuena Ruiz, Presidente de la Fundación Pondera. Gestor sanitario
jvalbuena@valbuena.org