Después de la pandemia, que fue un foco importante de desinformación, sabemos que la desinformación en salud, provocada por intereses, puede llegar muy rápido al ciudadano. Esta aceleración se debe a las mejoras en tecnología como la velocidad de la fibra óptica, los teléfonos inteligentes o canales como las redes sociales.
El 6 de abril en la editorial Guerra a la desinformación, José María Martínez García, presidente ejecutivo de New Medical Economics ya nos advertía que, “la desinformación no surge en el vacío: lo ocupa. Allí donde los sistemas sanitarios no logran comunicar de forma clara, transparente y socialmente legítima, emergen narrativas alternativas que ofrecen sentido y certidumbre. Por tanto, fortalecer las políticas de comunicación no es un complemento de la salud pública, sino una condición central para su eficacia y sostenibilidad”.
En este sentido, la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS) está alertando del problema de la desinformación en salud desde el año 2018, en todos sus congresos de prensa sanitaria. Ahora ha dado un paso más y ha elaborado el primer Informe ANIS: Desinformación en salud en España, cuyos autores han sido Javier Granda Revilla y la autora que suscribe este artículo.
El informe pretende ser una radiografía de lo que se está haciendo sobre la desinformación en salud en España. La premisa que hemos querido resolver parte del Manifiesto de Desinformación: firmado en Granada, por periodistas científicos y periodistas de salud que, en su apartado tres, pide: Concienciar a las autoridades sanitarias para que reconozcan la desinformación como un problema de salud pública y lleven a cabo acciones para hacerle frente. El informe da respuesta a través de tres objetivos. El primero, explorar las iniciativas en España para combatir la desinformación en salud. El segundo, describir la evidencia científica. Y, el tercero, obtener la percepción de la opinión de los agentes del sistema de salud español. Respecto al primer y segundo objetivo, hemos realizado una exploración en las webs del Gobierno de España y las comunidades autónomas, y aunque es loable la cantidad de acciones que se están llevando a cabo, es evidente la falta de coordinación y la heterogeneidad de las mismas, lo que reafirma la necesidad de una estrategia nacional.
El tercer objetivo del informe y, el que aporta algo nuevo, son las respuestas de los entrevistados que analizan cómo la desinformación en salud les afecta y qué soluciones aportan al problema.
Los periodistas entrevistados opinan, que en España como en cualquier otro país, los cambios en la producción, el consumo y la distribución de la información han favorecido la desinformación, siendo un grave problema de salud pública.
Otro dato a destacar son las narrativas asociadas a las emociones que utilizan creencias y valores para reforzar la identidad de grupo.
Los profesionales sanitarios han expresado su preocupación por que los pacientes llegan a la consulta con ideas preconcebidas erróneas, expectativas irreales o desconfianza ante los tratamientos. Advierten que la desinformación puede generar confusión e impactar directamente en la toma de decisiones de los pacientes, su adherencia a los tratamientos y en la relación de confianza con los profesionales sanitarios.
Los pacientes comentan que en ocasiones tienen que buscar información por su cuenta porque no han comprendido lo que les han dicho en la consulta. Y los periodistas que las narrativas de la desinformación son más atractivas y convincentes, que la información basada en la evidencia y eso es algo que se debe tener en cuenta en el momento de comunicar.
La información periodística realizada desde el rigor, la honestidad y de servicio público es la que nos demuestra que el ruido y el bulo sirven de poco, cuando la verdad prevalece. Por lo tanto, la confianza, la transparencia y la educación son los pilares fundamentales para abordar una información de salud para todos
Susana Fernández Olleros




