Este artículo ofrece tres miradas complementarias al cuidado: su definición esencial como proce-so multidimensional, su dimensión moral como mecanismo de control social sobre las mujeres, y su transformación profesional a través de la enfermería contemporánea. Se argumenta que el cuidado trasciende actividades técnicas para convertirse en un proceso continuo que engloba preocupación, asumir responsabilidad y actuar. Sin embargo, su dimensión moral impone expec-tativas de autosacrificio femenino que generan culpa y sobrecarga. La enfermería profesional emerge como disciplina estratégicamente posicionada para liderar la transformación hacia sis-temas de cuidado equitativos mediante terapias digitales con perspectiva de género. Fundamentado en Cuidar en red, se propone un nuevo paradigma transformando los sistemas con equidad donde la enfermería integra tecnología, equidad y reconocimiento del trabajo emocional.
Palabras clave: cuidado multidimensional, dimensión moral, innovación en género, perspectiva de género, Cuidar en red, terapias digitales
Mirando al cuidado: comprendiendo su naturaleza profunda
El cuidado como necesidad básica y universal
El cuidado es mucho más que una actividad técnica o profesional. Constituye una necesidad básica y universal sin la cual ninguna sociedad podría subsistir. Es el trabajo que mantiene la vida huma-na desde el nacimiento hasta la muerte, que repara lo dañado, que sostiene las relaciones socia-les, que permite la continuidad de toda estructura comunitaria.
Joan Tronto (2013) lo define como «todo lo que las personas hacen para mantener, continuar y reparar nuestro ‘mundo’ para vivir en él lo mejor posible». Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras relaciones, nuestro entorno físico y nuestras estructuras sociales. Una definición que trasciende la visión reduccionista del cuidado como mera asistencia técnica para reconocer su naturaleza profundamente política y social.
Proceso continuo con dimensiones esenciales
Piñeiro Albero (2025) identifica cuatro dimensiones interconectadas que componen el cuidado completo.
Primero, «cuidar sobre» o preocuparse por: la atención, preocupación y capacidad de darse cuenta de las necesidades de los demás. Esta es una dimensión cognitiva y emocional que frecuentemen-te pasa desapercibida, pero es fundamental. Requiere sensibilidad, empatía y disponibilidad para reconocer lo que otro necesita.
Segunda, «cuidar de»: asumir responsabilidad concreta por atender esas necesidades. No es sim-plemente reconocer que alguien necesita algo, sino comprometerse activamente a que esa nece-sidad sea atendida. Esta dimensión implica decisión, compromiso y sostenimiento en el tiempo.
Tercera, el cuidado directo: la acción concreta de bañar, alimentar, mediar, consolar, administrar medicamentos. Esta es la dimensión visible y frecuentemente la única que se reconoce socialmen-te. Sin embargo, sin las otras dimensiones previas, sería cuidado mecánico sin alma.
Finalmente, la recepción del cuidado: la persona cuidada responde, acepta, valida el cuidado. Este es el cierre del ciclo. Un ciclo que debe ser siempre de dignidad mutua, nunca de subordinación de quien cuida ante quien es cuidado.
Bien público subordinado a organización privada
Aunque el cuidado es un bien público esencial —sin él no existe sociedad—, se organiza como trabajo privado, invisible, principalmente realizado por mujeres sin reconocimiento económico ni social. Esta contradicción estructural es la raíz de la sobrecarga característica del modelo actual.
Enfermería representa la forma institucionalizada del cuidado, pero durante décadas ha reprodu-cido la lógica de invisibilización al centrado en aspectos técnicos (administración de medicamentos, tratamiento de heridas) en detrimento del trabajo emocional y organizativo que sostiene realmente en el sistema sanitario. Las enfermeras realizan simultáneamente técnicas, actividades de contención emocional, coordinación familiar y gestión administrativa con otros ecosistemas para mejorar la calidad de vida y bienestar de las personas, pero solo las primeras son reconocidas y remuneradas adecuadamente.
La dimensión moral del cuidado: mecanismo de control invisible
Expectativas normalizadas de la «buena cuidadora»
La sociedad establece parámetros específicos de la «buena cuidadora» que opera como mandato moral poderoso. Debe estar disponible veinticuatro horas al día. Debe demostrar amor absoluto. Debe sacrificarse alegremente, sin mostrar resentimiento. Debe priorizar siempre a otros antes que a sí misma. Y debe experimentar gratificación interna, debe «disfrutar» realizando estas ta-reas.
Estas no son preferencias individuales sino mandatos sociales reforzados constante e implacable-mente mediante mecanismos de culpa, vergüenza y estigma social. Son expectativas que se transmiten desde la infancia, se refuerzan en la adolescencia, se consolidan en la edad adulta, y persisten incluso en la vejez. Marcela Lagarde (2020) denomina este fenómeno «amor cautivo»: amor transformado en obligación estructural que elimina progresivamente la autonomía femeni-na.
Mecanismos de control social interconectados
El sistema funciona mediante mecanismos múltiples e interconectados. Primero, la culpa. Cuando una mujer establece límites, cuando se niega a una demanda de cuidado, cuando busca tiempo para sí misma, experimenta culpa paralizante. No se trata de culpa irracional. Es una respuesta lógica completamente a un sistema que le ha enseñado que su valor radica en su capacidad de sacrificio sin límite. Establecer límites aparece, desde adentro del sistema, como egoísmo puro, como abandono, como traición al amor mismo.
Segundo, la vergüenza. Si la culpa es interna, la vergüenza es social. Una mujer que no se dedica completamente al cuidado de su familia es juzgada públicamente. Se cuestiona su moralidad, su femineidad, su capacidad de amor. Esta vergüenza social es un mecanismo de control extraordi-nariamente efectivo porque, para evitarla, muchas mujeres continúan cumpliendo las expectati-vas que las agotan.
Tercero, el estigma. Las mujeres que rechazan responsabilidades de cuidado son etiquetadas: «egoísta», «mala madre», «no femenina», «insensible». Esta etiquetación tiene consecuencias reales: pérdida de relaciones, aislamiento, marginación. El precio de desobedecer es alto, por lo que la mayoría continúa obedeciendo.
Finalmente, y quizás lo más efectivo, el autocontrol. La culpa está profundamente interiorizada. No requiere sanción externa porque la propia mujer se castiga continuamente mediante la au-topercepción de que ha fracasado moralmente. Así, el control social se convierte en autocontrol. El sistema es autoperpetuante: no necesita externos forzando, porque la mujer se fuerza a sí mis-ma.
¿Qué es realmente cuidar? Hacia una definición integral
Más allá de lo doméstico: multiplicidad de tipos de cuidados
Cuando se pregunta a las mujeres cuidadoras qué hacen, frecuentemente mencionan actividades domésticas: cocinar, limpiar, lavar. Pero el cuidado es considerablemente más complejo que estas actividades, aunque ellas las incluyen.
El cuidado doméstico constituye una categoría: limpieza del hogar, preparación de alimentos, la-vado de ropa, mantenimiento general del espacio doméstico. Son actividades que mantienen las condiciones básicas de vida pero son invisibles en el sentido de que apenas son reconocidas como «trabajo». Cuando se pregunta a mujeres «¿trabajan?», muchas responden «no, estoy en casa», aunque dedican cuarenta horas semanales a estas tareas.
Existe también el cuidado de gestión y coordinación. Esto incluye coordinar citas médicas, gestio-nar medicamentos, organizar actividades escolares de hijos, planificar vacaciones, gestionar cuen-tas bancarias, contactar profesionales cuando haya problemas. Es trabajo invisible pero agotador, porque requiere atención mental constante y capacidad de anticipación.
El trabajo emocional constituye otra categoría diferente. Incluye escuchar preocupaciones de otros, proporcionar consejos, ofrecer contención emocional cuando alguien está angustiado, ser «coach» de problemas emocionales de otros. Este es quizás el trabajo más invisible de todos, por-que no produce artefactos concretos. Pero es fundamental.
Finalmente, existe el cuidado sanitario directo: cuando una persona tiene enfermedad, discapaci-dad o dependencia, el cuidado incluye actividades técnicas como administración de medicamen-tos, higiene de la persona dependiente, movimiento y movilización, manejo de síntomas. Este es el único tipo de cuidado que recibe reconocimiento formal cuando es realizado por profesionales de enfermería, pero cuando es realizado por familiares continúa siendo invisible.
Cuidado a lo largo del ciclo vital completo
Piñeiro Albero (2025) subraya un aspecto crucial: el cuidado femenino no se limita a momentos de dependencia física grave, sino que constituye un estado de alerta permanente a lo largo del ciclo vital completo. No es algo que una mujer hace ocasionalmente cuando alguien está enfermo. Es una responsabilidad que estructura toda su existencia.
En la niñez, las niñas cuidan a hermanos menores mientras los padres trabajan. Son responsables de vigilancia, de ayuda con tareas, de mediación en conflictos. En la edad adulta, la mujer cuida simultáneamente a hijos en desarrollo, a padres que envejecen, a la pareja, al hogar. Estas res-ponsabilidades no son secuenciales sino simultáneas, creando demandas concurrentes imposibles de satisfacer completamente.
En la vejez, muchas mujeres continúan siendo cuidadoras principales de nietos mientras experi-mentan su propio envejecimiento y deterioro de la salud. El rol de cuidadora acompaña a la mujer desde la cuna hasta la tumba. No es una fase de la vida sino una constante estructural.
Enfermería: liderazgo transformador hacia sistemas equitativos
Posición estratégica única de la enfermería
La enfermería actual está estratégicamente posicionada para liderar la transformación del cuida-do por razones profundas que van más allá de su simple presencia en el sistema sanitario. A dife-rencia de otras profesiones, la enfermería está principalmente construida alrededor del concepto de cuidado. Esto le confiere comprensión intrínseca y credibilidad para redefinir qué es cuidado, cómo debería conceptualizarse, cómo debería valorarse en la sociedad.
Las enfermeras desarrollan relaciones cercanas con pacientes y familias que otros profesionales no alcanzan. Pasan más tiempo directo con pacientes que otros especialistas. Tienen acceso privi-legiado a información sobre dinámicas familiares reales, sobre quién realiza qué tareas, sobre cómo el cuidado informal afecta la salud de quien lo proporciona.
Las enfermeras trabajan en múltiples contextos: hospitales, atención primaria, comunidad, domi-cilios, universidad y gestion. Actualmente, se suman miles de profesionales enfermeras aportando valor al sistema como agentes de innovación. De esta forma, crean los nuevos ecosistemas emergentes de igualdad, género, digitalización sanitaria y gestión de equipos interdisciplinares interconectando varios agentes de cambio, siendo esta última forma de trabajar de enfermería como agentes de innovación, la pieza clave hacia la actualización de sistemas sanitarios.
Esta distribución geográfica permite ver el espectro completo del cuidado informal, desde casos leves de sobrecarga hasta situaciones de abuso severo. Las enfermeras ven la vida cotidiana don-de ocurre el cuidado de las familias, pacientes y comunidad.
El código deontológico de enfermería compromete explícitamente a la profesión con promoción de salud y abordaje de determinantes sociales de salud. La inequidad de género en cuidados es un determinante fundamental que afecta profundamente la salud de millones de mujeres. La inequi-dad en cuidados debería ser prioridad enfermera.
Las enfermeras ocupan posiciones de poder moderado. No han tenido poder en la toma de deci-siones, lo que las aísla en torres de marfil. Pero tienen suficiente poder profesional para influir en protocolos clínicos, en educación de otros profesionales, en políticas institucionales. Pueden efec-tivamente liderar un cambio sistémico.
Nuevo modelo integrado: tecnología, género y profesionalismo
Piñeiro Albero (2025) propone que la enfermería contemporánea integra tres elementos en sínte-sis transformadora:
Comprensión profunda de género, innovación tecnológica y compromiso radical con equi-dad. Esto es lo que ella denomina Cuidar en red: un marco conceptual donde las terapias digitales de cuidados son herramientas para visibilizar, redistribuir y reconocer el trabajo del cuidado desde una perspectiva feminista.
Las plataformas digitales que la enfermería co-diseña deben permitir visibilización del tra-bajo invisible. Cuando se registra sistemáticamente quién realiza qué tareas, cuánto tiem-po requieren, cuál es la carga emocional, el trabajo de cuidado que era invisible se vuelve innegable. Esta simple visibilización es profundamente transformadora porque hace que la inequidad sea indiscutible.
Estas plataformas deben facilitar la coordinación colaborativa. Calendarios compartidos, asignación inteligente de tareas, comunicación integrada entre miembros de la familia. Lo crucial es que todo esté registrado.
Las plataformas deben proporcionar acceso a apoyo emocional y psicológico especializado. Para cuidadoras aisladas, especialmente en contextos rurales, la posibilidad de acceder a psicólogos mediante telemedicina, de participar en comunidades virtuales de otros cuidadores, de recibir apoyo especializado en momentos de crisis, es transformadora.
Transformación de la evaluación y la intervención clínica
Enfermería está transformando radicalmente cómo evalúa y atiende a las mujeres que acuden a consulta. Actualmente, una mujer que se presenta con síntomas de depresión, ansiedad, dolor crónico, fatiga es evaluada utilizando esquemas nosológicos que medicalizan estos síntomas. Se realiza diagnóstico de depresión mayor, se receta antidepresivo, se da seguimiento. El problema estructural que provocó los síntomas continúa intacto.
La enfermería debería hacer rutinariamente preguntas que actualmente casi nunca se realizan. ¿Cuántas horas diarias dedica a responsabilidades de cuidado? ¿Cómo se distribuyen estas respon-sabilidades en su familia? ¿Siente que la sobrecarga afecta su salud? ¿Tiene acceso a redes de apoyo formal o informal? Estas preguntas deben ser parte estándar de la evaluación inicial, no preguntas ocasionales que se olviden.
Cuando surge que una mujer está profundamente sobrecargada por cuidados, la intervención primaria debería ser cambio de situación, sin medicación. Esto significa facilitar el acceso a servi-cios públicos de cuidados, ayudar a negociar redistribución de responsabilidades en la familia, conectar a redes de apoyo, proporcionar educación sobre establecimiento de límites saludables. Solo cuando estos cambios estructurales han sido probados sin éxito debería considerarse medica-ción como complemento.
La enfermería también debe desarrollar competencia en reconocimiento de violencia de género. Existe alta comorbilidad entre sobrecarga de cuidados y violencia psicológica en el contexto de pareja. Una mujer que es constantemente criticada por «no hacer suficiente» en el cuidado, que está aislada de amigas mediante expectativas de disponibilidad constante, que es controlada a través de la culpa relacionada con el cuidado, está experimentando violencia psicológica. Recono-cer estos patrones es responsabilidad de enfermería.
Liderazgo en investigación, educación y política
La enfermería es protagonista en una investigación que documente exhaustivamente cómo el cui-dado afecta la salud de las mujeres. Se necesitan estudios prospectivos que sigan cuidadoras en el tiempo, que midan impactos en salud física, mental y social, que identifiquen qué factores prote-gen a algunas cuidadoras de los peores efectos. Esta investigación debe utilizar metodologías ri-gurosas pero también participativas, donde cuidadoras son co-investigadoras.
La enfermería, si es agente de innovación, transforma la formación para integrar perspectiva de género como elemento central, no como tema opcional. Los estudiantes de enfermería deben aprender a reconocer y cuestionar estructuras patriarcales, deben entender cómo el género es-tructura la experiencia de salud y enfermedad, deben desarrollar competencia en el abordaje de determinantes sociales. No basta incluir un módulo sobre «género en salud». Es el leitmotiv de la innovacion en género y cuidados que emerge de manera imparable.
Finalmente, y a modo de los grandes cambios en que la enfermería participa activamente en la incidencia política:
Las enfermeras tienen autoridad con decisiones políticas.
Pueden hablar con autoridad sobre determinantes de salud.
Pueden documentar cómo las políticas públicas inadecuadas de cuidados generan patología masiva en mujeres.
Pueden liderar reconocimiento legal del cuidado que actualmente recaen en mujeres.
Conclusiones
Mirar al cuidado desde tres perspectivas simultáneas —su esencia multidimensional, su dimen-sión moral como mecanismo de control, y su potencial de transformación profesional— revela la complejidad política del cuidado.
El cuidado no es simplemente una serie de técnicas que necesitan ser realizadas. Es un proceso complejo que implica conocimiento, emoción, responsabilidad, sacrificio de tiempo y energía. Es un bien público esencial que debería estar organizado socialmente, pero que actualmente se or-ganiza como responsabilidad privada femenina.
Su dimensión moral impone expectativas imposibles de cumplir completamente, generando culpa, vergüenza y aislamiento en quienes lo desempeñan. Transforma obligaciones estructurales lo que hace extraordinariamente difícil cuestionar la desigualdad.
Piñeiro Albero (2025) sostiene que la enfermería tiene la oportunidad histórica de liderar la trans-formación del cuidado, aportando valor como agentes de innovación en género, mediante inte-gración de terapias digitales con perspectiva de género, investigación rigurosa, educación trans-formadora y advocacy política. Esta no es una tarea técnica. Es una tarea profundamente política: requiere que la profesión de enfermera adopte un compromiso explícito con equidad de género, que cuestione estructuras patriarcales, que lidere la reconstrucción de cómo organizamos el cui-dado en sociedad.
La profesión de enfermera debe asumir este liderazgo estratégico, integrando tecnología digital, investigación participativa, educación de género, y defensa política para construir sistemas de cuidado sostenibles que protejan la salud de quienes cuidan, que reconozcan el valor del cuidado, y que distribuyan equitativamente las responsabilidades entre géneros, entre familia y estado, entre cuidadores.
El futuro del cuidado depende de las decisiones que se tomen ahora. Las enfermeras tienen tanto la posición como la responsabilidad ética de liderar esa transformación hacia la equidad.
Bibliografía
- Piñeiro Albero, RM (2025). Cuidar en red: Una guía para las terapias digitales de cuidados con perspectiva de género. Madrid. ISBN: 9798278964650.
- Lagarde, M. (2020). Claves feministas para la negociación en el amor. http://corporacionparaeldesarrolloregional.org/wp-content/uploads/2020/10/CLAVES-PARA-LA-NEGOCIACION-EN-EL-AMOR-MARCELA-LAGARDE.pdf
- Tronto, JC (2013). Democracia solidaria: Mercados, igualdad y justicia. https://www.amazon.es/Democracia-cuidado-Mercados-justicia-Ciclog%C3%A9nesis-ebook/dp/B0DPL8DBHC
- Tronto JC (2024). Democracia y cuidado. https://www.amazon.es/Democracia-y-cuidado-RAYOS-GLOBULARES/dp/8419206407/ref=tmm_pap_swatch_0

