Introducción

Las explicaciones culturalistas sobre la salud de las personas migrantes han predominado durante décadas en espacios académicos, institucionales y mediáticos. Estas narrativas sostienen que ciertos colectivos “no utilizan la atención preventiva”, “no comprenden la importancia de la medicina occidental” o “solo acuden a urgencias cuando la situación es extrema”. Aunque estas afirmaciones parecen describir comportamientos observados, su fundamento es limitado: asocian prácticas complejas a una supuesta identidad cultural estática y homogénea, ignorando los determinantes sociales de la salud.

La literatura crítica en antropología médica y salud global demuestra que las desigualdades en salud no responden a diferencias culturales aisladas, sino a estructuras políticas, económicas y sociales que influyen en la capacidad de las personas para acceder, comprender y negociar con los sistemas de salud (Kleinman & Benson, 2006; Quesada et al., 2011). En este marco, la migración no puede analizarse como un factor individual, sino como una experiencia social condicionada por desigualdades antes, durante y después del desplazamiento.

Este artículo examina estos determinantes estructurales y argumenta la necesidad de sustituir el concepto de competencia cultural —insuficiente y frecuentemente estereotipador— por competencia intercultural, entendida como una herramienta crítica para transformar la práctica clínica y los sistemas sanitarios.

Desigualdades previas a la migración: sistemas de salud frágiles y estrategias adaptativas

Las personas migrantes proceden en muchos casos de países en los que el acceso sanitario está limitado por la fragmentación del sistema, la desigualdad territorial y la dependencia del pago directo. En África subsahariana, por ejemplo, más del 40% del gasto sanitario procede de pagos directos del bolsillo, lo que convierte la atención médica en un recurso económicamente arriesgado (WHO, 2010).

Fragmentación y coste económico

En estos contextos, acudir a un centro de salud implica evaluar si la familia podrá asumir el coste del transporte, el diagnóstico y los medicamentos. Esto produce comportamientos racionales y adaptativos: esperar a que la enfermedad sea grave antes de solicitar atención. No es un rasgo cultural, sino una estrategia de supervivencia.

Desigualdad territorial y escasez de recursos

Centros sin personal, sin equipamiento o sin medicamentos refuerzan la percepción de inutilidad o ineficacia del sistema, y moldean prácticas que priorizan la automedicación o el uso de farmacias informales (Willen, 2012).

Normalización de la incertidumbre sanitaria

Las experiencias de precariedad generan una cultura sanitaria basada en la priorización económica, no en la evitación cultural de la prevención.

La migración como determinante social de la salud

Migrar implica exposición a riesgos que impactan la salud en múltiples niveles. La Organización Internacional para las Migraciones (IOM) y la OMS coinciden en que el tránsito migratorio debe entenderse como un determinante social en sí mismo.

Riesgos del desplazamiento

Rutas peligrosas, criminalización, detenciones, violencia sexual, falta de alimentación o deshidratación constituyen experiencias traumáticas con implicaciones físicas y psicológicas (Zimmerman et al., 2011).

Precariedad laboral y administrativa en destino

La irregularidad jurídica expone a las personas a trabajos sin contrato, jornadas extensas y condiciones insalubres. Enfermar puede significar perder el empleo, el salario o la posibilidad de regularizar la estancia. En ese contexto, la atención preventiva se convierte en un lujo inaccesible, no en una decisión cultural (Benach et al., 2011).

Habitabilidad deficiente

El hacinamiento, frecuente en personas recién llegadas, se asocia a infecciones respiratorias, estrés y deterioro del bienestar emocional (Marmot et al., 2020).

Barreras estructurales en el país de destino

Una vez en el país de acogida, los obstáculos no desaparecen. Por el contrario, se transforman en nuevas formas de vulnerabilidad.

Barreras administrativas

La obtención de la tarjeta sanitaria o el empadronamiento puede ser difícil para quienes carecen de documentos, viven en alojamientos irregulares o desconocen sus derechos. La complejidad administrativa crea exclusión encubierta (Hacker et al., 2015).

Barreras lingüísticas y comunicativas

La ausencia de intérpretes y mediadores interculturales genera errores diagnósticos, malentendidos clínicos y percepciones de trato desigual.

Racismo institucional y sesgos profesionales

Investigaciones demuestran que personas racializadas reciben menos analgesia, menor credibilidad en sus síntomas y más sospecha por parte del personal sanitario (Bécares & Nazroo, 2019). Este racismo clínico deteriora la confianza y conduce al infrauso del sistema.

Miedo al control migratorio

En algunos países europeos, la preocupación por ser identificados o denunciados disuade a personas en situación irregular de acudir a atención primaria, lo que retrasa diagnósticos y agrava enfermedades (Woodward et al., 2014).

De la competencia cultural a la competencia intercultural: un cambio conceptual necesario

El concepto de competencia cultural surgió con el propósito de mejorar la atención en contextos diversos, pero ha demostrado limitaciones importantes:

Tiende a esencializar culturas.

Presenta la cultura como un conjunto de rasgos aprendibles, como si bastara memorizar listas de “costumbres” para atender adecuadamente.

Desplaza la atención desde el sistema hacia el individuo migrante.

Una crítica desde la antropología médica

Kleinman y Benson (2006) demostraron que este enfoque puede reforzar estereotipos y patologizar la diferencia.

La competencia intercultural como alternativa crítica

Este concepto incluye:

Reflexión profesional sobre sesgos y poder.

Comprensión de desigualdades estructurales.

Capacidad de comunicación adaptada.

Reconocimiento del racismo institucional.

Transformación del sistema sanitario, no del paciente.

La competencia intercultural, por tanto, no es una técnica, sino un marco ético-político orientado a la justicia sanitaria.

Hacia un enfoque estructural de la salud migrante

Los comportamientos de salud de las personas migrantes no pueden interpretarse a través de explicaciones culturalistas que reducen la complejidad a rasgos identitarios. La evidencia científica muestra que los verdaderos determinantes se encuentran en las desigualdades estructurales que atraviesan las trayectorias migratorias.

Para avanzar hacia sistemas sanitarios equitativos es necesario:

Eliminar barreras administrativas y comunicativas.

Combatir el racismo institucional.

Garantizar el acceso universal sin discriminación.

Formar a profesionales en competencia intercultural crítica.

Superar el culturalismo no es solo un cambio conceptual, sino un imperativo ético y político para garantizar el derecho a la salud como derecho humano universal.

 

Aziz Allaouzi, Experto en migraciones, interculturalidad y desigualdad social