El informe El sistema sanitario español: fortalezas, deficiencias y mejoras (Informe 14 | CEU-CEFAS, Octubre de 2025) constituye un análisis exhaustivo de las principales magnitudes del sector sanitario español. Por su importancia crucial para el bienestar físico y la longevidad de las personas, y por su enorme impacto en el empleo y en el gasto público y privado, el documento ofrece una valoración de los logros más destacados del sistema, identifica sus principales problemas y propone soluciones y líneas de mejora.
Este manuscrito se centra en los cuidados médicos y en los servicios de salud humana basados en la evidencia científica, sin abordar medicinas alternativas ni el ámbito de la salud animal.Desde New Medical Economics nos hacemos eco de este trabajo y ponemos a disposición de nuestros lectores el enlace para su descarga íntegra, además de publicar en este número sus principales conclusiones.
España tiene uno de los sistemas sanitarios globalmente más eficaces a nivel mundial –a juzgar por la esperanza de vida, o por indicadores como la mortalidad infantil y maternal– y más eficientes –por el peso del gasto sanitario con relación al PIB, y lo que rinde este gasto– con un modelo mixto público-privado que hasta ahora ha dado muy buenos resultados para la población, a un coste muy razonable para los ciudadanos. Pero el sistema sanitario español se está deteriorando, los servicios sanitarios que proporciona no son igual de buenos por Comunidades Autónomas, provincias y zonas geográficas, y tiene importantes áreas de mejora en eficacia (resultados), en eficiencia (la productividad media de las personas empleadas en él, y el rendimiento de buena parte del dinero gastado), en su modelo organizativo y de financiación, y en los niveles retributivos de una parte del personal sanitario.
La esperanza de vida española, uno de los indicadores más valiosos y relevantes del éxito o fracaso de una sociedad, de su sistema sanitario y de su cohesión social –no puede ser alta si las clases bajas y medio-bajas no tienen acceso a niveles suficientes de alimentación, higiene, vivienda y buenos cuidados médicos– lo atestigua. Estamos a la cabeza de la Unión Europea, y solo nos superan ligeramente a nivel mundial países como Japón y Suiza, que dedican bastante más dinero por persona que España a gasto sanitario. España cuenta con
la región con mayor esperanza de vida de Europa y del mundo, la Comunidad de Madrid –donde en 2023 fue superior a la de todas las prefecturas de Japón, el país con mayor longevidad del mundo–, y con cuatro de las diez regiones europeas con más esperanza de vida de Europa (de un total de 244 de las llamadas NUTS 2, equivalentes a nuestras CCAA). La ciudad de Madrid es la capital con mayor esperanza de vida del mundo. El lado menos brillante de los datos de esperanza de vida en España es que hay casi tres años de diferencia entre Madrid y la comunidad autónoma que la tiene más baja (Canarias), y más de cuatro con Ceuta.
El gasto sanitario en España, globalmente, es de los más bajos de Europa Occidental en relación al PIB y en términos per cápita, algo en contraste con esa altísima esperanza de vida. Por esta razón, en el contexto europeo cabe considerar como globalmente muy eficiente en el gasto a nuestro sistema sanitario –y no digamos en relación a Estados Unidos, con muchísimo más gasto sanitario en relación al PIB y per cápita, y unos cinco años menos de esperanza de vida que España–, sin perjuicio de que admita importantes optimizaciones. Pero, aunque el gasto sanitario sea inferior al de otros países, consume una parte muy relevante de la riqueza que produce anualmente España (ya cercana al 10%), y tiende a aumentar más que el PIB, porque los únicos segmentos de población en España que crecen en número, y lo hacen con fuerza, son los mayores y ancianos –en la etapa de la vida con más necesidad de cuidados médicos–, y los inmigrantes, que apenas consumensanidad privada.
España cuenta con un sector sanitario privado potente y profesional, más eficiente en el gasto en términos globales que el sector público, al que complementa añadiendo recursos pagados voluntariamente por sus usuarios (26% del gasto sanitario total de España en 2023), lo que supone un beneficio claro para las arcas públicas y para los contribuyentes, así como incremento de la capacidad de atención médica a España, especialmente valiosa en situaciones de emergencia (como la última pandemia) y a la que la propia sanidad pública deriva bastantes pacientes. En ciertas áreas de cuidados médicos, incluyendo la parte medicalizada de las residencias de ancianos, el sector privado aporta una gran parte o la mayoría de la capacidad disponible en España.
Los indicadores de calidad que muestran un clarísimo deterioro en la sanidad pública española son los del tiempo hasta ser recibido en consulta y para ser sometido a intervenciones quirúrgicas: el número de personas en listas de espera y el tiempo medio de espera han aumentado muy considerablemente entre 2010 y 2015. También en estas métricas hay grandes diferencias entre CCAA, con regiones como Madrid y el País Vasco con números mejores, y Extremadura y Andalucía en las que las esperas son mucho más dilatadas. Esto evidencia otro de los defectos estructurales del sistema sanitario español: el troceamiento de casi toda su gestión en 17 sanidades autonómicas (+2 por Ceuta y Melilla), que concentran más de un 95% de gasto público sanitario, con las consiguientes ineficiencias en el gasto, y desigualdades de calidad de servicio en algo tan vital como la sanidad de los españoles en función de dónde residan. Este deterioro tiene mucho que ver con dos factores demográficos:
El envejecimiento progresivo de la población, inevitable si no aumenta la natalidad (y aunque lo hiciese de repente, inevitable para las próximas dos o tres décadas).
La llegada masiva de inmigración en la última década (3,6 millones de inmigrantes netos adicionales de mediados de 2015 al primer trimestre de 2025), evitable por ser innecesaria en líneas generales para un mercado laboral que no ha bajado en ese período de 4 millones holgados de parados reales. Y son personas que, al tener menos recursos, casi solo consumen sanidad pública, y apenas de la privada
Otra fuente inevitable de despilfarro es la cuasi-gratuidad de los servicios públicos sanitarios. Los copagos a cargo de los usuarios cubren una parte mínima del gasto público sanitario, pese al triple beneficio teórico que comportan si son apreciables:
- Disuasorio frente al potencial sobreconsumo de consultas médicas y medicamentos gratuitos para el usuario y paciente en un sistema percibido como gratuito
- Cofinanciar en alguna medida apreciable la sanidad en una España con abultados déficits públicos estructurales y tipos fiscales muy altos.
- Equidad social, en la medida en que una parte nada pequeña de los problemas de salud puede evitarse o suavizarse mediante una alimentación, higiene y hábitos de vida más sanos, o lo contrario si se fuma, se abusa del alcohol (y no digamos de las drogas y las prácticas sexuales de riesgo), no se hace ejercicio físico y no se es cuidadoso con la higiene (o incluso si se practican deportes de riesgo por pura diversión, y se sufren lesiones y traumatismos por ello). Por tanto, hay ciudadanos que evitan gasto a la sanidad pública con su esfuerzo por llevar una vida más sana, y hay otros que lo incrementan.
En sentido contrario, una causa de que el gasto en sanidad no sea más elevado es la retribución del personal sanitario, y en particular de médicos y enfermeros/as, baja en relación a la de sus homólogos europeos, con el consiguiente riesgo en motivación y fuga a otros países.





