Por fin. Tras más de una década de promesas incumplidas y una pandemia que sacudió las costuras del sistema, España ha aprobado en el Congreso la creación de la Agencia Estatal de Salud Pública (AESAP). Puede parecer un hito técnico, casi burocrático, pero es mucho más: es una oportunidad para redefinir el modelo de salud que queremos como país. Una herramienta para protegernos mejor, con criterios de equidad, prevención y justicia social. Pero también, una conquista frágil que debe ser defendida frente a intentos de vaciarla de contenido o de manipularla políticamente.
Salud colectiva, derecho olvidado
La salud pública ha sido, históricamente, el eslabón débil del sistema sanitario. Invisibilizada, infrafinanciada y subordinada a una lógica asistencial centrada en la enfermedad, no en la prevención. España ha construido —con aciertos innegables— un Sistema Nacional de Salud universal y clínicamente potente, pero ha dejado en la sombra la dimensión colectiva de la salud: esa que protege a barrios, comunidades y generaciones futuras.
La pandemia fue un espejo cruel. Vimos cómo la falta de coordinación, la debilidad de la vigilancia epidemiológica y la escasez de personal especializado costaban vidas. Vimos cómo las desigualdades sociales se convertían, una vez más, en desigualdades en salud. Y entendimos —o deberíamos haberlo hecho— que, sin una salud pública robusta, el derecho a la salud queda incompleto.
No basta con una agencia: hace falta músculo y compromiso
La creación de la AESAP estaba ya prevista desde 2011. Su puesta en marcha, aprobada ahora por el Congreso, llega tarde, pero es bienvenida. Ahora bien: no basta con crear una nueva estructura administrativa. Lo que está en juego es el modelo de salud pública que queremos: una agencia fuerte, técnica, independiente y al servicio del bien común, o una oficina decorativa vacía de competencias reales.
Desde una mirada progresista, esta agencia debe ser una herramienta de transformación, no solo de reacción. Para ello necesita:
- Independencia técnica frente a presiones políticas y corporativas.
- Financiación estable y finalista, blindada contra los vaivenes presupuestarios.
- Capacidad operativa real para anticiparse a riesgos sanitarios, desde pandemias hasta crisis climáticas.
- Enfoque territorial y descentralizado, pero con liderazgo técnico estatal claro.
- Vínculos con universidades, investigación, sociedad civil y ciudadanía organizada.
Salud pública es justicia social
Las políticas de salud pública bien diseñadas no solo previenen enfermedades: corrigen desigualdades. Actúan sobre los determinantes sociales de la salud —vivienda, contaminación, empleo, acceso a servicios, educación— y protegen especialmente a quienes más lo necesitan: mayores, infancia, población migrante, barrios empobrecidos. No hay mayor política redistributiva que una salud pública fuerte.
Por eso, este proyecto no puede caer en manos de quienes entienden la salud como un producto individual o una mercancía. La salud pública no se puede privatizar ni trocear en cuotas de poder. Necesita visión de país y trabajo en red, no cálculo partidista.
Oportunidad sí, pero también amenazas
La aprobación en el Congreso no es el final del camino, sino el comienzo. Las enmiendas introducidas por el PP en el Senado —aumentando el peso del Consejo Interterritorial en la elección de la dirección, o introduciendo asuntos ajenos como la prescripción veterinaria— son intentos claros de vaciar la agencia de independencia y de contenido. Más preocupante aún es la estrategia de apropiarse de la narrativa de la AESAP, debilitándola desde dentro mientras se vende como una conquista compartida.
El bloque conservador —PP, Vox y Junts— votó en contra de la Ley en su momento, no por razones técnicas sino por estrategia obstruccionista. Ahora, intentan condicionar su aplicación y diluir su capacidad transformadora. Esperemos que no sea así.
Aprender de otros países… y de nuestros errores
Francia, Reino Unido, Alemania o Canadá cuentan con agencias públicas que lideran la vigilancia epidemiológica, la formación especializada y la gestión de riesgos sanitarios. España no debe copiar, pero sí aprender. Adaptar su modelo a la complejidad territorial del país, sin renunciar a un liderazgo estatal en salud pública basado en la evidencia y en la equidad.
Porque lo contrario —la descoordinación, el cortoplacismo, el abandono institucional— ya sabemos a dónde conduce. La COVID-19 nos dejó cicatrices, pero también aprendizajes. La AESAP puede ser el símbolo de ese aprendizaje… si no se convierte en otro logo vacío.
La salud pública no puede esperar
La creación de la Agencia Estatal de Salud Pública es una victoria parcial, que solo se convertirá en un avance real si viene acompañada de recursos, voluntad política y participación ciudadana. No podemos permitir que vuelva a ser relegada, recortada o manipulada. No podemos permitirnos otra década de promesas vacías.
Porque la salud es un derecho colectivo, no una mercancía. Y porque una España más justa, más resiliente y más igualitaria empieza, también, por una salud pública fuerte.
Joan Carles March Cerdà, Profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública
tatesjoan@gmail.com





