En el cuerpo humano hay alrededor de 650 músculos, la mayoría de ellos son “músculos esqueléticos” que trabajan de forma coordinada con más de 200 huesos para permitir el movimiento y la estabilidad corporal.

La osteoporosis se caracteriza por una disminución de la densidad y calidad del tejido óseo, mientras que la sarcopenia se define por la pérdida progresiva de masa, fuerza y función muscular. Ambas condiciones evolucionan de forma progresiva y frecuentemente desapercibidas al inicio del proceso. Se asocian principalmente al envejecimiento, sedentarismo, malnutrición o a ciertas enfermedades.

Tradicionalmente, estas patologías se han abordado de manera independiente, a pesar de la estrecha relación existente entre el sistema óseo y muscular. Este enfoque fragmentado resulta inadecuado, ya que el hueso y músculo constituyen una unidad funcional y metabólica inseparable. En este nuevo paradigma, surge el concepto de osteosarcopenia, entendido como un síndrome que va más allá de la simple coexistencia de ambas patologías. Se trata de una entidad sinérgica en la que el deterioro óseo y muscular se retroalimentan, aumentando el riesgo de caídas, fracturas por fragilidad, el deterioro funcional y pérdida de la calidad de vida. Todo ello conlleva, además, un elevado consumo de recursos sanitarios, mayor dependencia y un aumento de la mortalidad prematura.

En España, se estima que alrededor de 3 millones de personas están diagnosticadas de osteoporosis, de las cuales aproximadamente el 80% son mujeres. Cada año se producen unas 330.000 fracturas de fragilidad al año, lo que equivale a una fractura por fragilidad cada 2 minutos. Sin embargo, cerca del 80% de estas personas no habían sido diagnosticadas previamente, lo que pone de manifiesto que es una enfermedad infradiagnosticada. De hecho, se calcula que aproximadamente el 65% de las mujeres mayores de 50 años presenta baja densidad ósea (osteopenia u osteoporosis), una cifra que duplican el número de casos diagnosticados.

La interacción entre hueso y músculo es esencial para el movimiento, la postura, el soporte y la estabilidad corporal. No obstante, esta relación no es únicamente mecánica, mediada por tendones y estructuras óseas, sino también bioquímica y bidireccional. Ambos tejidos se comunican de manera constante mediante señales moleculares de forma que los cambios en la masa y función muscular afectan directamente a la masa ósea y viceversa.

La capacidad del tejido óseo para adaptarse a las demandas mecánicas se rige fundamentalmente por la ley de Wolff y la teoría del mecanostato. Ambos modelos describen al hueso como un tejido dinámico, capaz de modificar su estructura en función de las cargas mecánicas que recibe. De hecho, el hueso requiere estímulos mecánicos constantes para mantener su integridad estructural y funcional. La inactividad física y el sedentarismo conllevan a un deterioro progresivo de las cualidades físicas y favorecen la pérdida de masa ósea.

‘El hueso y el músculo están interrelacionados existiendo una comunicación constante bidireccional, mecánica y bioquímica, de forma que la actividad en la masa muscular afecta a la masa ósea y viceversa’

La relación entre músculo y hueso va, no obstante, más allá del aspecto puramente mecánico. A través del proceso de mecanotransducción, los estímulos mecánicos generados por el movimiento y la carga, se transforman en señales bioquímicas a nivel celular, regulando la estructura y función de ambos tejidos. Durante la contracción muscular, las fibras secretan mioquinas (o miocinas, como la irisina) que influyen directamente en el metabolismo óseo, actuando sobre la microestructura y la mineralización, estimulando la formación ósea, regulando la remodelación del hueso y contribuyendo al aumento la densidad mineral ósea (DMO). En sentido inverso, las células óseas (osteoblastos y osteocitos) secretan osteoquinas (u osteocinas, como la osteocalcina) que mejoran la función muscular y el gasto energético, estimulando la hipertrofia e incrementando la fuerza, resistencia y recuperación muscular. También tras procesos de daño tisular e inflamación, estas citoquinas, que, junto con factores de crecimiento, coordinan además la reparación tanto muscular como ósea.

Por lo tanto, el entrenamiento de fuerza no solo beneficia al músculo, sino que, junto con ejercicios de impacto, equilibrio, flexibilidad y la reeducación postural, ejercen efectos positivos directos sobre el esqueleto. Estos beneficios se producen tanto por la aplicación de tensiones mecánicas a través de los tendones como por la generación de un entorno bioquímico favorable para la salud ósea.

Durante años se ha recomendado de forma generalizada la actividad física de baja intensidad en personas con osteoporosis, bajo la premisa de que las cargas elevadas podrían incrementar el riesgo de fractura en un esqueleto debilitado. Sin embargo, la evidencia científica recopilada durante la última década ha demostrado que el entrenamiento de fuerza correctamente prescrito y supervisado, constituye una de las estrategias no farmacológicas más eficaces, a cualquier edad, para minimizar el riesgo de caídas, mejorar la función física y optimizar la calidad de vida de los pacientes.

No obstante, no cualquier tipo de actividad física es suficiente para inducir mejoras en la DMO. Deben priorizarse el entrenamiento de fuerza y el impacto osteogénico, ajustado a cada individuo y momento. La prescripción debe individualizarse en términos de intensidad, frecuencia y volumen, partiendo de sus características personales, comorbilidades, condición física y preferencias del individuo. Es fundamental elaborar programas progresivos, evitando excesos que puedan acarrear complicaciones como la artrosis, y, en determinadas circunstancias, contar con el apoyo de fisioterapia.

Es importante insistir en que el plan de entrenamiento esté elaborado y supervisado por especialistas de la salud, suficientemente cualificados y debidamente acreditados, evitando los consejos de fuentes poco validadas como abundan en las redes sociales, etc.

Otro aspecto relevante, es que las ganancias óseas inducidas por el ejercicio son locales, es decir, el aumento de DMO se produce en las áreas directamente sometidas a carga. por este motivo, los programas de ejercicio deben tener un enfoque específico sobre diversas regiones anatómicas, siendo óptimo plantearlos de forma multimodal y global, combinados con entrenamiento aeróbico y de equilibrio. Actividades como caminar a paso ligero, trotar suavemente, subir escaleras o nadar, aunque tiene un efecto osteogénico limitado, sí han demostrado beneficios cardiovasculares, metabólicos y psicológicos, por lo que constituyen un excelente complemento.

La aparición de cifosis dorsal progresiva, más común en zona torácica, secundaria a la osteoporosis, es uno de los signos clínicos más aparentes y limitantes de la enfermedad. Es resultado de múltiples fracturas vertebrales por aplastamiento en cuña, que afectan principalmente al pilar anterior del cuerpo vertebral, compuesto mayoritariamente por hueso trabecular, menos denso y más vulnerable.

Desde un punto de vista mecánico, cada vértebra se comporta como una palanca de primer género, donde el cuerpo vertebral soporta fuerzas de compresión anteriores que tienden a su colapso, mientras que la musculatura erectora del dorso proporciona una resistencia activa posterior, contribuyendo al mantenimiento de la postura erguida, así como al movimiento de flexión lateral y rotación del tronco.

Cuando los músculos extensores de la columna se debilitan por inactividad, la columna se inclina progresivamente hacia adelante, aumentando exponencialmente la presión axial sobre los cuerpos vertebrales anteriores y favoreciendo la aparición de nuevas fracturas. Por ello, se hace necesario entrenar la musculatura profunda extensora de la columna mediante ejercicios específicos, como la plancha modificada (apoyo en antebrazos y rodillas, manteniendo la espalda alineada, el abdomen activado y una respiración controlada y suave) o la “extensión dorsal en pared” (de pie, con la espalda apoyada, empujar suavemente los hombros hacia atrás).

Los ejercicios de flexibilidad y reeducación postural son cruciales para reducir el riesgo de fracturas vertebrales y la progresión del encorvamiento. Deben evitarse movimientos de flexión anterior del tronco (los “abdominales clásico”), saltos e impactos fuertes, giros repentinos, dejarse caer en el asiento, así como permanecer sentado durante largos periodos o en posturas forzadas.

Aunque la DMO es un componente crítico de la resistencia del esqueleto, la mayoría de las fracturas por fragilidad ocurren como consecuencia de una caída. Por lo tanto, además de priorizar el fortalecimiento de los miembros inferiores, debe ejercitarse el equilibrio dinámico, la flexibilidad y la postura, incluyendo estímulos que mejoren el control anticipatorio y reactivo. El Tai-Chi es una de las modalidades más estudiadas y recomendadas, habiendo demostrado reducciones del 25-50% en la incidencia de caídas.

La nutrición constituye otro pilar clave en la prevención y tratamiento de la osteosarcopenia. Es fundamental asegurar un aporte suficiente de proteína (en torno a 1,2–1,5 g/kg/día), a través de alimentos como huevos, lácteos (leche, yogur, queso), pescado, carnes magras y legumbres, recurriendo a suplementos proteicos cuando la dieta resulte insuficiente. Asimismo, es necesario un adecuado consumo de calcio (1.200 mg/día), procedente de lácteos, sardinas en conversa con espina o vegetales de hoja verde como el brócoli o alimentos fortificados; la vitamina D, esencial para la absorción de calcio y la función muscular (en torno a 800–1000 UI/día), se encuentra en huevos, mantequilla, leche y aceites de pescado También son relevantes la vitamina B12, el magnesio, el zinc y el selenio, implicados en la función neuromuscular y  en la reparación tisular, así como los ácidos grasos omega-3, por su efecto antiinflamatorio y su papel en la mejora la respuesta muscular. Todo ello debe acompañarse de un adecuado ajuste del aporte energético en función del nivel de actividad física.

Paralelamente, deben evitarse factores que empeoran la osteosarcopenia, como el sedentarismo, el consumo excesivo de alcohol y fumar, entre otros.

Unos músculos fuertes constituyen, sin duda, el pilar necesario para unos huesos resistentes y un envejecimiento saludable.

Desde OAFI seguimos trabajando para mejorar el abordaje, la visibilidad y la calidad de vida de todas las personas que sufren patologías musculoesqueléticas. Puede contactarnos en Barcelona, c/ Tuset, 19· 3º 2ª, en el teléfono 931 594 015 o en el correo electrónico info@oafifoundation.com. Le invitamos también a visitar nuestra página web:  https://www.oafifoundation.com/ y a formar parte de la Comunidad OAFI: https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSehAqQrZROxAupczyl2evmV0cCYqCGYDEtmnrsyB8LVyzcfuA/viewform

Sandra Toril Coca, Enfermera y paciente experta en la Osteoarthritis Foundation International (OAFI)

Otros autores: José Luis Baquero, Alejandro Baquero, Marina Baquero, Nina Martínez y Josep Vergés.