Indiscutiblemente, los profesionales de la Sanidad, los médicos, enfermeros y farmacéuticos, y los pacientes, han sido los grandes protagonistas de esta pandemia. Los sanitarios fueron sorprendidos ante la gravedad de los cuadros clínicos que presentaban los pacientes que llegaban, tratando de aplicar terapias paliativas y sin saber cómo atacar al virus que originaba la enfermedad, que empezó a llamarse COVID-19.

Los pacientes llegaban hasta colapsar la capacidad de atenderlos y el esfuerzo dedicado por los profesionales fue pleno y constante hasta la extenuación. Y todo esto ante el miedo a contagiarse y la carencia de material protector, la carencia de guantes, mascarillas y equipos de protección individual, EPI. La respuesta de los profesionales fue ejemplar y la gente les aplaudía por la tarde desde los balcones mientras permanecían en sus casas aterrorizados.

Pero la pandemia se prolongó en el tiempo… A la primera ola, tras el verano, le siguió una segunda ola y, luego hasta otra tercera ola.

Las terapias evolucionaron, pero no dejaba de morirse la gente. La infección de profesionales superó ya en enero pasado la barrera de los 100.000. El desgaste profesional o el agotamiento mental fueron llegando y, con ello, las bajas por ansiedad o depresión, mientras aumentaba la precariedad laboral.

A pesar del éxito de la conformación de equipos multidisciplinares, no se valoraron las capacidades de cada profesional de acuerdo a las labores que tenía que desempeñar, con cambios de puestos y tareas, como por ejemplo enfermeras atendiendo a pacientes de UCI, sin formación. Finalmente, el aplauso desde los balcones se trasformó hasta el punto de cuestionar sus conceptos y su ética.
Diríamos que, tanto profesionales como pacientes, han sufrido la descoordinación, cuando no el caos, de las administraciones públicas, la desinformación, generada principalmente desde la administración central del estado, el miedo infundido a la población y la gestión de la pandemia por políticos que aplicaron métodos de confinación medievales y fueron incapaces de establecer confinamiento selectivos y un seguimiento epidemiológico controlando los infectados y protegiendo a la población más vulnerable, las personas mayores, que supusieron más del 85% de los casos, y otras personas de riego, asociado a patologías existentes.

Los pacientes que han resultado más afectados, han sido los que sufren patologías crónicas y enfermedades neurodegenerativas. También los que sufren enfermedades cardíacas u oncológicas, principalmente debido a la demora de muchas pruebas complementarias y diagnósticas. También aquellos necesitados de rehabilitación, entre los que se encuentran los ancianos, que han sufrido pérdidas en su capacidad funcional y cognitiva. Sin olvidar a niños y adolescentes que, debido al confinamiento, han sufrido problemas de salud mental que han llevado a un peligroso aumento de suicidios. La prohibición de acceso de los familiares, al principio bien asumida por estos, fue una de las causas de desconcierto y descontento. Los familiares esperaban fuera sin ninguna información y con la sobrecarga no se podía atender a todos: De hecho, no atendían a ninguno. Pero luego se debería haber abierto esta posibilidad con los debidos controles. Algunos hospitales lo hicieron. Pero fueron los menos.

Uno de los principales conflictos entre médicos y pacientes ha sido generado por la desconexión y descoordinación de la Atención Primaria con el resto de servicios y dispositivos hospitalarios. Por las dificultades de acceso por parte de los pacientes y las dificultades que tenían los médicos para atenderles. No se tenía claro hasta dónde podía llegar la telemedicina. Los Centros de Salud carecían de la infraestructura de comunicaciones, de líneas telefónicas, banda ancha y fibra óptica de acceso a internet, redes wifi, ordenadores con capacidad suficiente, para poder desarrollar una correcta atención telemática. Implantar la telemedicina con estos recursos no era más que un canto al sol. En estas condiciones de precariedad la telemedicina es poco más que imposible. La falta de personal y las dificultades de contratación de médicos y enfermeros no hizo más que agravar la situación. Otro error fue dedicar al personal de AP como rastreadores para poder seguir la expansión del virus, agravando la precariedad de la atención asistencial al sustraerlos de la misma. La subcontratación con empresas de “call center” también resultó fallida.

Uno de los principales conflictos entre médicos y pacientes ha sido generado por la desconexión y descoordinación de la Atención Primaria con el resto de servicios y dispositivos hospitalarios

Todos resultaron insatisfechos, tanto los profesionales como los pacientes. Esperemos que esta experiencia, por dolorosa que haya sido, redunde en futuros beneficios y que todos los éxitos logrados en la lucha contra la pandemia, puedan ser aplicados en el futuro a la asistencia sanitaria y tenidos en cuenta ante futuros ataques de virus, bacterias u otros agentes infecciosos o de toda índole que atenten contra nuestra salud.

Nos queda solo dar las gracias a todos los que trabajaron por vencer esta pandemia. A los investigadores, a las compañías farmacéuticas que trabajaron y siguen trabajando para proveernos de herramientas contra las infecciones, a los farmacéuticos, veterinarios, biólogos, ingenieros, médicos, enfermeros, técnicos, auxiliares sanitarios, celadores y administrativos; a todos los profesionales que han trabajado y trabajan por la conservación y la recuperación de nuestra salud. Gracias.

Quedan asignaturas pendientes de urgente decisión: Cubrir las necesidades de más médicos y enfermeros y mejor formados (recientemente señalaba Juan Abarca: “Sigue habiendo centenares de profesionales en nuestro país pendientes de homologar mientras se dedica gente válida a tareas que son más propias de técnicos”). Resolver de una vez por todas la precariedad laboral y la formación continuada. Dotar a los centros sanitarios de infraestructura y equipamiento informático y de comunicaciones que permita una efectiva y eficaz utilización de la telemedicina en todos sus aspectos. Reformar la organización de la asistencia sanitaria para la coordinación entre todos los dispositivos y las especialidades, integrando los sistemas de información compartidos entre todos e implantando sistemas de gestión por resultados, basados en el premio al esfuerzo y al mérito.

Hoy nos enfrentamos nuevamente con un incremento de casos positivos, fundamentalmente de gente joven, que, afortunadamente, no se correlacionan (como ocurría en la primera y la segunda ola) con los ingresos hospitalarios ni las UCI porque, en general, no desarrollan la enfermedad o, si la desarrollan, es de manera leve. Esto, sin embargo, al aumentar los contagios y, por tanto, las inmunizaciones, ayudará a crear la inmunidad de rebaño. Huyamos por tanto de alarmismos catastrofistas y demos la bienvenida a la cara buena de la moneda.

Ignacio Para Rodríguez-Santana