Tras año y medio rodeados de un enemigo invisible, que se ha cobrado sin pudor la vida de miles de ciudadanos, ha dejado secuelas en familiares y amigos, y ha puesto en riesgo la economía de cientos de hogares, puede que sea pronto para señalarlo, pero parece que empiezo a vislumbrar un halo de luz al final de la sombría oscuridad que hasta entonces veía.

Recuerdo cómo un 21 de enero del pasado año, leía aburrido en medio de una clase el diario ABC, donde abría una de sus páginas bajo un a todas luces titular sensacionalista, “Un virus misterioso pone en alerta a China”, poco se sabía de esta enigmática enfermedad y mucho menos de cuán importantes iban a ser sus consecuencias. Un brote de neumonía desconocido acechaba a la población de Wuhan, aumentando los ingresos en los hospitales, y despertando una histeria colectiva, donde unos vecinos encerraban a otros, posibles positivos, en sus casas, bajo ladrillos y cemento, para que no propagarán la enfermedad. Todo ante la incertidumbre de cuál podría ser el origen de esta enfermedad, y el motivo por el que tan rápidamente se producía su propagación.

Mientras la situación en España, y en el resto del mundo en general, era de total pasividad ante una amenaza que veíamos de lejos, un peligro que subestimamos, y que cuando despertó la consciencia del riesgo que suponía, fue el turno de la política la que se mostró arisca a actuar de forma contundente, no creyendo que el brote podría extenderse más allá de las fronteras asiáticas.

Comenzaba el año 2020 con muchas esperanzas y propósitos. Y como cada año, suponía para unos un periodo de nuevos comienzos, y para otros el fin de una era. Pero todo ello se frustró cuando un 12 de marzo, en comparecencia extraordinaria, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, se dirigió a la nación declarando el Estado de Alarma por un periodo inicial de 15 días. El coronavirus ya era un problema en el país, y se estimaba que cientos de personas iban a ser las víctimas que dejaría a su paso la maldita enfermedad.

Primero fueron nuestros mayores, los cuales sufrieron con dureza la primera ola de este virus, que acabó con la vida de miles de ellos en las residencias, negándoles muchas veces el ingreso en centros hospitalarios, y dejándolos en una situación de total desamparo. Según datos de los Ministerios de Derechos Sociales, Sanidad y Ciencia e Innovación, se estima que al menos un tercio de los fallecidos por COVID en España eran residentes de estos centros de la tercera edad.

Por este motivo no son pocos los procedimientos judiciales que se han instalado en las diferentes comunidades autónomas, exigiendo depurar responsabilidades a las administraciones competentes. En estos meses se han llevado a cabo diligencias de investigación penal en cientos de residencias, por la comisión de presuntos delitos de homicidio por imprudencia, lesiones, omisión del deber de socorro, entre otros. Pese a que muchas denuncias han sido archivadas, aún hay procedimientos abiertos, que tratan de dilucidar estas responsabilidades.

Amnistía internacional, en su informe, abandonadas a su suerte, de diciembre del año pasado, fue contundente con este hecho, señalando que lo sucedido en estos centros, podría suponer al menos cinco violaciones a los derechos humanos, entre los que se encontraría el Derecho a la salud, a la vida y a la no discriminación, que según la ONG fueron vulnerados, a lo que se sumaría el derecho a la vida privada y familiar y a una muerte digna, que se les negaron muchas veces a los internos. Tildando las medidas de las administraciones como tardías e insuficientes, y condenando al personal de esos centros a una carencia de material de protección y de recursos. Proponiendo en posteriores informes una serie de propuestas para evitar que estas situaciones vuelvan a repetirse en el futuro.

Médicos sin Fronteras, también señaló en su informe de agosto, la descoordinación institucional y falta de liderazgo de las administraciones durante la primera ola, remarcando la situación de abandono en la que se dejaron a nuestros mayores.

Algo que podría haberse evitado, pues pese a la acusada saturación de los hospitales públicos, muchos hospitales privados tenían capacidad para apoyar a la sanidad pública. Recelos políticos, o quizás motivos económicos, propinaron que miles de ciudadanos quedasen en una situación de abandono intolerable, atentando contra sus derechos fundamentales a la vida y a su integridad física.

Después fueron nuestros sanitarios, otras de las grandes víctimas de esta pandemia, que se quedaron sin material de protección, o el que recibían era defectuoso, teniendo que aunar ingenio y superación, para poder defenderse cómo podían de esta batalla contra el coronavirus, llevando entonces una clara desventaja. En total más de 110.000 sanitarios han contraído la enfermedad, una cifra elevadísima comparada con países vecinos como Francia o Alemania, teniendo que lamentar el fallecimiento de cientos de ellos, que dieron su vida para salvar la de otros. 

En general, todos hemos sufrido esta situación, y la seguimos viviendo, el coronavirus insisto aún no ha acabado, permanece en nuestras vidas y parece que lo va a hacer hasta bien entrado el año 2022. Pero el desarrollo de las diferentes vacunas, y su progresiva inoculación entre la población, parece estar dando algo de tregua en esta batalla. Volviendo al argot bélico, cada vez le estamos sacando más ventaja al virus, agotando el terreno a nuestro cruel adversario, viendo cada vez más cerca el fin de una guerra que se ha cobrado muchas vidas cercanas. La incidencia baja día a día, y algunas regiones tienen el privilegio de poder presumir que no tienen ningún fallecido por COVID desde hace semanas.

“Cada vez le estamos sacando más ventaja al virus, agotando el terreno a nuestro cruel adversario, viendo cada vez más cerca el fin de una guerra que se ha cobrado muchas vidas cercanas”

Y en medio de todos estos esperanzadores datos, se anuncia el fin del uso de mascarillas en exteriores, una medida controvertida, que podría poner freno a las buenas expectativas de fin que se dibujan. Una cuestión que no cuenta con la unanimidad de todos los ciudadanos, ni mucho menos de las regiones, que no comparten su liberación. Aunque haya luz, y empiece a descifrarse el fin del coronavirus, aún seguimos dentro del túnel, y no conviene mantenerse mucho en él, y mucho menos retroceder. Esta medida la considero sin duda precipitada, y no por el impacto que puede tener el coronavirus en exteriores, que está claro que es muy residual, sino por lo mal que llevan algunos el tránsito de exteriores a interiores, que seguro que encuentra reticencias en algunos ciudadanos, que entren con intención o despistes a interiores sin mascarilla.

Cuestión polémica aparte, esta crisis sanitaria tiene que servir para valorar el gran sistema de salud que tenemos, reforzarlo, y prepararnos para futuras amenazas biológicas y futuros brotes epidémicos. La globalización nos da grandes beneficios e importantes ventajas, pero ha demostrado que puede ser el motor de la transmisión de nuevas y antiguas enfermedades.

Carlos Lázaro Madrid

 

Graduado en Derecho por la Universidad de Zaragoza

clazaro926@gmail.com