1917. Acabamos de verla como una película candidata a múltiples Óscar y que, según muchos, no ha sido suficientemente valorada.

La crudeza de una guerra en el frente de batalla es tremenda, sobre todo en primera línea, en el cuerpo a cuerpo.

Los profesionales sanitarios siempre me han parecido héroes sin el suficiente reconocimiento, dispuestos a recibir balas mortales con tal de intentar salvar o mitigar las consecuencias de la batalla.

No es que justifique el sacrificio y las muertes heroicas de los militares, no, ni mucho menos, qué horror si alguien interpreta esto, pero parece que su instrucción y su vocación está dedicada a la guerra cuando procede, mientras que la de los médicos, enfermeras, etcétera no.

Por favor, extendámoslo también a las personas de admisión en urgencias, los celadores, los auxiliares de clínica, los técnicos de laboratorio, los farmacéuticos casi olvidados. Nadie les cita, no se les ve apenas en las películas, pero en las guerras están igualmente cerca que nadie de los caídos, de los heridos, compartiendo su sangre y sus últimas voluntades.

Ahora estoy viendo, en plena vigencia de alerta nacional, como se baten en los hospitales, inagotables y sin hacer diferencias, de esas estúpidas que nos planteamos de pública o privada u otras zarandajas cuando no tenemos de qué hablar.

Y algunos caen, y no solo víctimas del contagio del coronavirus, sino también por infartos u otras patologías asociadas al estrés o al miedo. Están dando un nivel de profesionalismo, buen hacer, cariño al prójimo por encima de sí mismos que nuestra sociedad no podrá compensarles suficientemente en muchos años de una futura y ansiada recuperación de la normalidad.

Se dice que el profesional sanitario es vocacional, y se defiende casi como su único valor que justifica el sacrifico. Pues sí, es cierto, pero este es solo un valor más sobre el resto de la civilización. Ellos son seres humanos como cualquiera de nosotros y están sometidos a las emociones de cualquier persona.

Porque el resto de la sociedad, en estos momentos de incertidumbre y convulsión, seamos sinceros, y hablando en general, no hemos dado el nivel adecuado en cuanto a madurez global y personal, sobre todo al principio de la crisis. Y no digamos los políticos. Sumergidos en sus egoísmos e individualidades.

Ojalá políticos y ciudadanía nos igualáramos a ellos, aunque no seamos vocacionales.

Como en el anterior número de New Medical Economics, y en este sin ir más lejos, no dejamos de hablar de la pandemia que sufrimos, y lo hacen grandes expertos, epidemiólogos o no, no voy yo ni a intentar competir con ellos.

Pero sí quiero dar mi punto de vista sobre algunos aspectos que se relacionan con temas de gestión, a fin de cuentas el leitmotiv de nuestra publicación, que no se están tratando tampoco con el rigor que merecerían.

Para ello, pretendo seguir algunas de las ideas que oí hace unos días en un programa excelentemente dirigido, como es habitual, en Onda Cero por Julia Otero. En él se citaban términos como: el lado oscuro de las redes sociales, su gregarismo, la sartén de las emociones, el miedo al miedo, el efecto vagón, el cierre del mundo, el desabastecimiento de alimentos, en fin, del panorama apocalíptico que estamos viviendo actualmente.

Y yo le añadiré otros componentes tales como las fake news, el big data, la medicina de precisión, etc de forma provocativa, como respeto a los magníficos profesionales periodísticos que hacen esta publicación donde escribo, a los que nunca les puede faltar esta pizca de sátira.

Porque la expansión del coronavirus, hasta ahora desconocido para la ciencia, y causante de una neumonía que puede ser fatal, definido como pandemia, ha desatado la preocupación, incluso la histeria, en todo el mundo.

Es, por desgracia, normal que ocurra dado el número de contagios y fallecimientos que se están produciendo. Pero además, la gravedad de una enfermedad de estas características, en muchas ocasiones, tiene que ver bastante también con la percepción social, además de con las consecuencias clínicas.

Las estimaciones actuales de mortalidad asociada al nuevo coronavirus y, a falta de otros conocimientos, lo sitúan en un rango alto que, en un principio, se pensaba no estaría muy alejado del de otras infecciones respiratorias serias causadas por virus. La razón era que, igual que la gripe común, afecta muy especialmente a personas con otras patologías, con sistemas inmunitarios comprometidos o de avanzada edad, sobre todo.

Veremos cómo termina esto, pero quiero centrarme en la parte más psicológica. Por ejemplo, ¿por qué tenemos tanto miedo de este nuevo coronavirus ya desde que al principio teníamos parecidas probabilidades de contraer la gripe común?

La salud en general puede ser un escenario que provoca ansiedad.

La mente, el aparato psíquico y el mundo interno de las personas reaccionan a la llegada de esta pandemia con mucha angustia porque se trata, objetiva y realmente, de una situación angustiante y preocupante. Entonces reaccionamos con miedo y preocupación y, anormalmente, con pánico.

Son muy habituales las personas hipocondríacas; tienen ansiedad generalizada por enfermedades y síntomas, en lugar de por una enfermedad en particular. La condición también se caracteriza por una preocupación excesiva o demasiado irracional, aunque sea completamente racional estar ansioso, porque no estamos seguros de cómo se desarrollará.

Aun así, hay una diferencia entre sentirse inquieto por un tema incierto y estar ansioso hasta el punto de que la preocupación dificulta el sueño y la vida diaria.

La sobrecarga de información falsa y la acumulación de preocupaciones tienen nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico y pueden acelerar la mente a una velocidad de espanto. En la era digital, esto está pasando con una intensidad nunca antes vista. Es el lado oscuro de las redes sociales y las fake news.

El resultado de la sobrecarga informativa es una velocidad dramática y estéril de pensamientos, muchos de ellos inútiles, y una serie de consecuencias físicas y emocionales de carácter gigantesco.

¿Por qué las personas se despiertan fatigadas? Porque gastan mucha energía pensando y preocupándose durante el estado de vigilia. ¿Por qué sufren consecuencias físicas a raíz de la ansiedad? Porque cuando el cerebro está desgastado, estresado y sin reposición de energía, busca órganos de choque para alertarnos.

El miedo es el virus más grave que puede afectar a los seres humanos. Hace que entremos en pánico y tomemos actitudes irracionales como discriminar a los demás, desarrollar una ansiedad grave y, en algunos casos, causar depresión y perder la habilidad para reinventar y responder inteligentemente en situaciones estresantes. Debemos tomar todas las medidas recomendadas para la prevención y, además, trabajar en nuestras herramientas de gestión de emociones para prevenir que nuestra salud psíquica no sea infectada por nuestros miedos, desesperaciones y ansiedades.

El coronavirus es un problema mundial que las personas tenemos que tratar con más racionalidad y algo menos de pasión. Sufrir por el futuro, por desarrollar en nuestra mente la posibilidad de una infección horrible, pensar en futuras mutaciones, hace que perjudiquemos la salud psíquica y la capacidad de manejar nuestra vida para tomar buenas decisiones. Y son fundamentales en estos momentos.

No sabemos hasta dónde la epidemia va a afectar a las personas ni en qué proporciones exactas, pero si el virus afecta a muchas personas, como va ocurriendo, vamos a tener que convivir de manera lógica e inteligente.

Y el pánico también es muy fácilmente contagioso.

El ejemplo más significativo en estos días de alarma sanitaria son las compras por pánico, como un fenómeno que puede elevar los precios e impedir que las personas que realmente necesitan determinados bienes no los consigan (como las mascarillas para los trabajadores de salud) y cause problemas verdaderamente graves sin una razón lógica.

¿Por qué la gente cae en el impulso de las compras nerviosas? Los expertos dicen que se debe al miedo a lo desconocido, y a creer que un problema grave justifica una respuesta dramática, aunque, en este caso, las soluciones preventivas puedan ser mundanas.

Este tipo de comportamiento puede empeorar la escasez.

El almacenamiento irracional también puede conducir a la especulación de precios, y puede darse la paradoja de que si el precio de un rollo de papel higiénico se triplica, se le empieza a ver como un producto escaso, lo que puede generar ansiedad. Y se luche más por conseguirlo, aunque no sea tan imprescindible en cantidades enormes.

No hay más que salir a la calle, lo necesario (ahora no se debe ni se puede) y apreciar también que en este caso el hecho de que la cadena de suministro de China esté en el centro de la propagación del coronavirus ha agigantado las compras por pánico.

El no saber qué efectos tendrá el coronavirus crea mucha incertidumbre y esto impulsa los gastos al alza. Lo más cierto es que sabemos que lavarse las manos y practicar la higiene de la tos es lo que más se necesita hacer en este momento.

Pero para muchos, el lavado de manos parece ser demasiado banal. Este es un evento dramático y, por lo tanto, requieren una respuesta dramática, y desperdician su dinero con la esperanza de sobreprotegerse, y es un error.

Un aspecto psicológico importante es la aversión a perderse de algo. Si más adelante nos damos cuenta de que necesitábamos el papel higiénico antes citado, y no lo compramos cuando tuvimos la oportunidad, realmente nos sentiremos mal.

Finalmente, la mentalidad de rebaño (o efecto vagón) también explica este comportamiento. Los expertos dicen que el simple hecho de que esté ocurriendo una compra por pánico puede hacer que las personas se sumen a ella.

Y de nuevo el hecho nocivo de que las compras por pánico están apareciendo excesivamente en las redes sociales y los medios de comunicación, amplificando la sensación de escasez y a su vez, empeorando la compra de pánico.

La preocupación es un signo de conexión con la realidad. El pánico, no. El pánico no deja vivir a las personas y, queramos o no, tenemos que seguir viviendo con las restricciones que nos impongan. Ambos sentimientos se contagian.

Sin embargo, existe una diferencia entre el miedo y el pánico. El miedo es el temor a una amenaza real, a algo que está pasando. El pánico, por su parte, tiene ese plus de irracionalidad y de angustia.

La ansiedad está muy cimentada sobre la base de la información de los casos actuales, en la sensación de la propagación enorme y en la fantasía de que nadie va a poder escapar de esto. Entre las personas, resuena mucho la cantidad de muertos, y eso contribuye a la ansiedad como si la enfermedad fuera, de por sí, mucho más mortal que la realidad.

Los riesgos de contraer enfermedades existen y así ha sido en todas las épocas de la humanidad; esto es una realidad. Pero también hay que plantear una cuestión que muchas veces se pasa por alto: a menudo las personas tendemos a poner fuera temores que tenemos dentro y el pánico que depositamos en el coronavirus suele estar tapando otros miedos y complejos personales.

Las personas tienen que informarse. Lo más importante para combatir la ansiedad es la información.

Vivimos en un mundo donde hay exceso de ella. Por todos lados recibimos constantemente una batería de noticias, comentarios y anuncios por distintos canales, que tienen variada intensidad y muchas veces son redundantes. Pero, al recibirlos, no medimos los efectos colaterales que esto produce en nosotros y, mucha atención… en los niños, que también tienen llegada a las redes sociales y medios de comunicación.

Volver a la rutina, en cuanto se pueda, es una de las recomendaciones específicas de los psicólogos para los niños y adultos. Y centrarnos en lo positivo, buscar apoyo afectivo en el entorno, evitar la estigmatización de las personas afectadas y, también, recurrir al humor como válvula de escape.

Resumiendo, nos encontramos ante una situación de inesperada incertidumbre que nos puede generar emociones variadas: desconcierto, indefensión, nerviosismo, ansiedad o angustia, y que ha demostrado que, aunque nos creemos los reyes del Universo, cualquier alteración muestra la realidad, nuestra tremenda vulnerabilidad. Y, casi siempre, lo único ingenioso que se nos ocurre es ir rápidamente a comprar a Mercadona.

Nuestra obligación es hacer un llamamiento a la calma ante la situación provocada por el coronavirus en España. Nos encontramos ante una situación de inesperada alarma e incertidumbre que nos puede generar emociones variadas: desconcierto, indefensión, nerviosismo, ansiedad o angustia. Emociones naturales por otra parte.
Además, se considera importante evitar riesgos innecesarios, buscar información, veraz y actuar de manera responsable.

Como recomendaciones generales se incluye prestar atención únicamente a las comunicaciones oficiales, confiar en los profesionales sanitarios y seguir las recomendaciones y medidas de prevención. En el aspecto psicológico, hacer consciente nuestro estado físico y mental, identificar los pensamientos intrusivos que están generando malestar o buscar pruebas y datos fiables de la realidad.

Además, se considera necesario evitar la sobreinformación, comunicar a los seres queridos con realismo, contribuir a mantener la calma, manifestar una actitud optimista realista, mantener las rutinas, evitar conductas de rechazo o aislamiento y buscar ayuda adicional cuando sea preciso.
Tiempos difíciles, pero debemos tender a que sean controlables.

Malo, muy malo, es lo de perder el contacto físico, todo lo que veníamos comentando sobre dar la mano, besos y abrazos al paciente y sin mascarilla. Este calor humano, esta medicina no tiene reemplazo y ahora se pierde. Pero de este aspecto humanizador escribiremos en otro momento.

José María Martínez García