Ahora resulta que los seres vivos somos solo un conjunto de datos. Más de tres millones de años desde que se conoce la existencia del ser humano (homo habilis) y de las otras especies animales, para llegar a la conclusión de que solo somos algoritmos. Es bastante deprimente.

Eso sí, quien nos lo predica es el Sumo Algoritmo dentro de esta nueva religión creada recientemente, y que acabará con todas las demás. En ella, la correspondiente divinidad a adorar es el flujo de información como Valor Supremo y la libertad de dicha información es el mayor bien de todo lo existente. Es el dataísmo.

Esta ideología emergente preconiza que somos, en conjunto, una evolución de datos, una información acumulada, desde el origen de los tiempos. ¡Qué triste, para esto hemos quedado!
Incluso los comportamientos caritativos, sensibles, afectivos, o de otro tipo, que otros algoritmos anónimos califican como humanitarios, solo responden a una evolución de datos. Eso sí, son reacciones provenientes de estructuras orgánicas, débiles, finitas…

Hasta hace pocos años, muy escasas veces había aparecido en tanto texto escrita la palabra algoritmo (conjunto ordenado de operaciones sistemáticas que permite hacer un cálculo, y hallar la solución de un tipo de problemas), en estrecha relación con el maravilloso mundo de las matemáticas.

En fin, vayamos por partes.

¿Qué es el dataísmo? Según Wikipedia, es la mentalidad, filosofía o religión creada a partir del significado emergente del Big Data, la Inteligencia Artificial y el Internet de las Cosas (IoT).

El término fue utilizado la primera vez por el periodista norteamericano David Brooks en un artículo publicado el año 2013 en el New York Times, y está tremendamente aceptado. Incluso fue aprobado como sustantivo válido en español y escogido por la Fundación BBVA como candidata en España a palabra del año en 2018.

Pero entremos en materia. Dicho periodista afirma que el dataísmo es la filosofía más influyente de nuestro tiempo, y defiende la idea de confiar en los datos para reducir los sesgos cognitivos del cerebro humano, es decir, nuestra “irracionalidad” a la hora de tomar decisiones.

Curiosamente, muy pocos meses después ya apareció el primer mártir de esta causa, Aaron Swartz, un programador y activista político que en su “racionalidad” se suicidó en el año 2013, tras ser detenido y acusado de haberse descargado cerca de 2,7 millones de documentos secretos de la Corte Federal de EE.UU.

Esta religión, y un poco más adelante diré por qué me refiero así cuando hablo del dataísmo, ha tenido infinidad de seguidores en solo cinco años, pero, quizás, la gran captación de adeptos proviene del magnífico escritor e historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de obras de gran éxito tales como “Sapiens” y “Homo Domus”, quien considera el dataísmo como una nueva religión post-humanista.

Estamos saturados de datos que no sabemos qué hacer con ellos

Como tal religión, el dataísmo defiende que el universo no es más que un flujo incesante de datos, y que “el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos”. Para los seguidores del dataísmo, el cerebro humano y los ordenadores tienen una composición algorítmica muy similar, solo variando según su composición material.

Los fanáticos creyentes del dataísmo están seguros de que, en los próximos años, la Inteligencia Artificial será capaz de desarrollar unos algoritmos tan complejos como los del cerebro humano. Y habrán surgido entonces los algoritmos instalados en estructuras no orgánicas (robots), sin las limitaciones biológicas del hardware humano, siendo de éstas la más importante, la de no tener fin, poder ser eternos.
De hecho, la empresa londinense DeepMind Technologies, una compañía perteneciente a Google, ha desarrollado una Inteligencia Artificial provista de un módulo de “imaginación” que, al enfrentarse a un dilema, es capaz de crear varias simulaciones, con el objetivo de decidir entre ellas el escenario futuro más probable, y tomar en base a ello la decisión más acertada.

Entonces, querido lector y amigo, ¿dejarías que un ordenador decidiera tu voto en las próximas elecciones?, ¿confiarías en una aplicación para que te recomendara tu pareja ideal? Los seguidores del dataísmo no lo dudarían. Según ellos, los datos que fluyen en la red saben más de nosotros que nosotros mismos, y los algoritmos deberían sustituirnos a la hora de tomar decisiones. El dataísmo solo rinde culto a los datos, es su Dios.

En el mundo actual, nuestra capacidad de procesamiento y almacenamiento de datos aún es muy limitada, pero dentro de no muchos años la Inteligencia Artificial será capaz de almacenar, clasificar y evaluar, en tiempo real, todos los datos que generamos a diario, elaborando sofisticados patrones de conducta y creando simulaciones inmediatas basadas en modelos predictivos.

Plataformas como Google, Facebook, Outlook o Amazon nos conocen ya a la perfección: nuestros gustos, costumbres, hábitos, preferencias… Incluso saben qué páginas visitamos, qué libros leemos, quiénes son nuestros amigos, por dónde solemos movernos, qué temas nos interesan o cuál es nuestro partido político preferido.

¿Te imaginas que tú, querido lector de New Medical Economics, por el mero hecho de vivir en este mundo hiperconectado de todo con todos, ya estuviéras viviendo en la era dataísta? Piénsalo.
Continuando la línea de pensamiento de Harari, el dataísmo no se limita solo a profecías ociosas. Como toda religión, tiene una lista de mandamientos prácticos pero, realmente, podemos sintetizarlos en dos:
– Un dataísta debe maximizar el flujo de datos conectándose cada vez a más medios, y produciendo y consumiendo cada vez más información.

– Un dataísta debe conectarlo todo al sistema. Y este «todo» significa más que solo a las personas, a todas las cosas. Mi cuerpo, por supuesto, pero también los coches de la calle, los frigoríficos de las cocinas, las vacas de nuestro establo o los árboles del jardín: todo debe conectarse al Internet de las cosas. El frigorífico controlará la cantidad de leche que tenemos y le hará saber al establo cuándo necesitamos un nuevo envío de leche. Los coches hablarán entre sí, y los árboles del bosque informarán de la meteorología y de los niveles de dióxido de carbono.

Y una reflexión, ¿qué es la muerte sino una situación en la que la información no fluye? De ahí que el dataísmo sostenga que “la libertad de información es el mayor de todos los bienes», porque es la vida.
Harari plantea que «podemos interpretar que toda la especie humana es un solo sistema de procesamiento de datos, siendo cada uno de los seres humanos un chip», y expone, además, que el conjunto total de nuestra historia como humanos puede leerse como un proceso de mejora de la eficiencia de este sistema, incrementando el número y variedad de procesadores/chips del sistema, aumentando el número de conexiones entre ellos, e incrementando la libertad de movimiento junto con las conexiones existentes.

Una vez que los sistemas Big Data nos conozcan mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos, la autoridad, el poder, se desplazará de los humanos a los algoritmos, y ellos decidirán por nosotros los hechos más importantes de nuestra vida, como dijimos antes, o sea con quién casarse, o a quien elegir para un determinado puesto de trabajo entre muchos candidatos, por ejemplo.

En fin, como hago siempre, trataré de lanzar desde mi artículo un mensaje optimista, pero, la verdad es que hoy me cuesta muchísimo trabajo justificarlo. Y es cierto que creo que, en buena parte, ese mensaje apocalíptico de que vamos a desaparecer, o a ser tratados como esclavos (igual que nosotros, los humanos, hemos hecho con muchos animales, domesticándolos para nuestro servicio), por una forma de materia inorgánica dominante y llena de datos, tiene su razón de ser.

Se nos está repitiendo hasta la saciedad, y es cierto, que lo no orgánico está destruyendo a lo orgánico de mil formas y que reciclemos objetos susceptibles de hacerlo. Y que tengamos la iniciativa de ello.
Me gustaría trasladar esta filosofía a nuestro tema de hoy, los datos.

Hay que decir que, para absorber toda esa información de forma continuada por parte de equipos de gran capacidad de memoria, no solo hace falta un gigantesco número de datos almacenándose continuamente, sino que hay que trazar una clara diferencia entre lo que son los datos y nuestra voluntariedad de entregar esa información. Esa debe ser la base de la resistencia del ser humano, como ser orgánico.

Pero esa resistencia no la estamos ganando al día de hoy, sino todo lo contrario.

Desde la imperiosa necesidad, que nos han creado, de hacer que cada persona lleve una pulsera que le mida el número de pasos que da, las calorías que adquiere diariamente o las veces que va al cuarto de baño, hasta el imperativo clínico y organizativo de hacer que todos los enfermos crónicos estén, continua y perpetuamente, monitorizados en sus domicilios acumulando datos, pasando por la colección de datos de estructura y proceso de los sistemas sanitarios para «gestionar bien», sin que a veces nadie se pare a pensar lo que eso significa.

Yo me apunto el primero a las enormes ventajas de disponer de muchos datos; tanto desde el punto de vista clínico como económico, supone un enorme progreso para los pacientes, los profesionales sanitarios y el Estado. Pero no acumulemos datos solo porque está de moda tener más que nadie, si no se sabe, o no se va poder, gestionar con ellos. Y esto está sucediendo ahora mismo. Es una realidad aplastante. Estamos saturados de datos que no sabemos qué hacer con ellos.

Esos datos confidenciales van a permanecer, crecer y crecer, en bancos muy diferentes y, pese a que se trate de proteger con leyes al respecto en pro de la privacidad, seguro que desbordan.

La obsesión por el dato como paradigma de lo científico, se asemeja, en cierto modo, a la obsesión por la genómica como piedra filosofal de la medicina contemporánea. Tanto la genómica como la abundancia de datos no sirven ni servirán de nada si no surgen a partir de una planificación previa del uso que se les va a dar.

Y esta es nuestra gran esperanza, saber controlarlos antes de producirse, no intentarlo después.

Queremos datos de cómo funciona nuestro sistema sanitario, de cómo se encuentran los pacientes, de satisfacción de los usuarios de los servicios de salud, de los ensayos clínicos, pero una vez tengamos todos esos datos no podemos quedarnos parados a ver cómo nos muestran el camino a seguir de forma automatizada. Detrás del uso de los datos debe encontrarse esa subjetividad, ese raciocinio, y ese fundamento teórico del que reniegan los dataístas. Y que el mejor posicionado para tenerlo es el ser humano.

Y entonces, de nuevo, lo orgánico no tendrá que someterse a lo no orgánico, a los famosos robots de los que estamos hablando siempre. Incluso podremos convivir aprovechando lo mejor de cada uno.

 

José María Martínez